Corbata de Piel đź‘”

(Escrito por Augusto Andra en el año 2016)

En una noche decembrina. Una misteriosa corbata mágica, convierte al mediocre Víctor Baund, en el mejor jazzista del mundo.

ĂŤNDICE

PARTE I

Las notas de ese jazz sensual, fomentaban el ambiente en el aire. Esa música sublime que hace que las cosas más hermosas pasen. El saxo excelso que, ―nunca imprudente―, saboreaba el exceso de algarabías sensuales, y que aplaudían el claustro final de una pieza exótica y navideña.

Pedía más música, más melodías de alegría y pasión… pero la oscura y tenue sala del escenario, no alumbraba del todo aquel saxofonista amateur, ergo excepcional. El moreno Víctor Baund, sudaba a cántaros dentro de su oscuro traje formal, diseñado con rayas rojas perfectamente alineadas. Le había costado conseguir un diseño que le gustaba, ―Baund era muy quisquilloso con su vestimenta―, desde la punta de sus pies, hasta el tope de su cabeza. Un pequeño sombrero bombín, reposaba en una silla a pocos centímetros de su persona, al lado de un vaso alto, lleno de agua fresca.

A Baund no le importaba su sudor, las gotas se irían al final del concierto, pero temía que se le secara la garganta. En cada pausa, sorbía tragos cortos de agua y se ajustaba la corbata. Veía los ojos brillantes de las personas, el éxtasis que producían las notas musicales, ―desde su garganta―, del instrumento que había amado toda su vida. Ese saxo dorado: ilustre, brillante y despampanante.  

Volvía a acomodarse la corbata, le apretaba mucho el cuello, pero Baund sabía que no podía quitársela. El éxito de esa noche era producto de la magia decembrina que esa pieza de ropa le otorgaba. Su prenda de buena suerte, su arma secreta, su pata de conejo en forma de tela, o eso pensaba él.

El cuello le apretaba cada vez más. Con cada concluyente canción, el nudo de la corbata se ajustaba. Más pronto que tarde, el pescuezo de Baund se contraía a un punto deforme, pero las notas de jazz seguían fluyendo como una magia extraña de ultratumba. La gente hipnotizada no notaba la extraña particularidad del músico frente a sus ojos. Las melodías eran tan perfectas y galantes que, ―entre vinos y comida―, no detallaban el sufrimiento del músico en el escenario.

Baund no quería parar de tocar. La garganta se le secó, no quiso reposar para hidratar su tráquea y las cuerdas vocales. El aire soplaba con fuerza para alimentar el motor del instrumento, no pararía de tocar hasta terminar el concierto. Los ojos de Baund comenzaban a desfallecer, la vista se le nublaba y unas pequeñas gotas de sangre se asomaban por su nariz.

La corbata lo estaba matando, no era una corbata común y Baund lo sabía. Tenía una textura extraña: suave, aterciopelada y algunas veces un poco áspera. Baund juraba que la había visto sudar; no humedecerse, como algunos objetos cuando se exponen al frío. Esa corbata era rara, su color era un particular tono color piel clara. Baund era el único que, ―al observarla―, no giraba la mirada, ni le atormentaba la vista con dolores de cabeza. Era una corbata malévola, pero a Baund le daba suerte; demasiada para un jazzista mediocre, hasta hace varios días atrás.

Las sensuales notas depositaban sensaciones eternas y sensoriales al público. Pero Baund estaba agonizando, la corbata se alimentaba de su vida. Poco a poco con cada nota musical, el color de la corbata iba transformándose de un color piel claro, al oscuro tono chocolate de la piel de Baund. El talentoso músico palidecía, su propia piel se secaba como una pasa.

La última canción sonaba como un espectro fantasmal en el aire. El cuerpo de Baund se encontraba estático, con el único movimiento de sus soplidos y los dedos que tocaban las teclas del saxo. La estrofa final se acercaba, Baund parecía un esqueleto cubierto con un telar de piel; las venas se le habían secado, sus ojos eran totalmente blancos y sin vida, el cabello duro y rizado comenzaba a caerse.

Finalmente, cuando la mĂşsica culminĂł, el Ă©xtasis de las personas se arruinĂł cuando posteriormente, notaron aquella momia jazzista que habĂ­a quedado parada en el escenario. Luego de los gritos todo acabĂł, y el cuerpo de Baund se desplomĂł como una estatua de arena negra. Todo quedĂł desparramado en el suelo como el hollĂ­n, y la corbata de piel mostrĂł su nuevo tono chocolate.

PARTE II

La primera etapa de una mediocre carrera de músico de jazz atormentaba al pobretón de Baund. Con sus ahorros, compró el saxo dorado que lo acompañaría en su último concierto. Pero ese pequeño gasto lo dejó casi en la ruina, apenas con algunos toques en bares de mala muerte, se costeaba su humilde apartamento y la comida del día a día.

Arribó el mes de diciembre y Baund se entusiasmaba con tocar melodías navideñas en los bares, había estado practicando todo octubre y noviembre. Pero Baund sabía que necesitaba aun más práctica, no era el mejor de los jazzistas; ―de hecho, era un pésimo amateur―, un don nadie sin reconocimientos, con la sola esperanza en un dicho común que reza lo asignado a todos los artistas: «Todos comienzan desde abajo, desde el primer escalón, hasta llegar a la cima del éxito», y esas palabras estaban grabadas en la cabeza de Baund.

El día cerca de la víspera de navidad, Baund y sus amigos organizaron una reunión para celebrar, planearon un intercambio de presentes. Baund tenía sus dudas y como todos entendían la mala situación de su compañero músico, decidieron aceptar cualquier tipo de regalo que Baund comprara.

Baund llegó a una tienda de antigüedades donde escuchó el rumor que vendían algunas baratijas añejas de buena calidad, ―además de lindas―. A Baund le tocaba regalarle a su buena amiga Sara, ―que según recordaba―, le gustaban las cosas de la época victoriana. Estaba seguro que encontraría algo en esa tienda.

Cuando entró a la tienda, encontró maravillas antiguas: muñecas de porcelana, retratos tallados, muebles extravagantes, vajillas costosas, cofres elegantes y algo que llamó su atención. Un armario abierto con vieja ropa clásica: trajes de gala, vestidos y corbatas.

Una pieza en particular le robó la mirada, una hermosa corbata color piel, su extraña textura destacaba entre las demás. Cuando rozó sus dedos por la tela, se le erizaron los vellos de la nuca. La anciana que atendía el lugar se percató del hallazgo de Baund y se acercó para charlarle un poco. Se trataba de una vieja elegante y cultural, vestida de negro, con un acento inglés muy particular, como sacada de esas viejas novelas británicas.

Entre charlas y conversaciones, Baund terminó comprando un pequeño cofrecito de porcelana para su amiga. Cuando llegó a su hogar, para envolver el regaló, descubrió que la majestuosa corbata se encontraba dentro de la bolsa. ¿Habría sido la anciana? Eso figuraba una pérdida monetaria para la tienda, así que Baund supuso que no. Pensó en devolverla, pero justo en ese instante, llevaba puesta una camisa desabotonada. Tomó la corbata, abotonó su camisa y se colocó la tela alrededor del cuello, ―con un nudo perfecto―, lo cual le extrañó, ya que nunca había sabido atarse una corbata correctamente.

Una vez ajustada a la perfección, sintió un escalofrío en el dorso de la espalda, luego un calambre en los dedos de las manos, por último, una picazón extraña pero gustosa en la garganta. Pensó en cantar, pero luego miró de reojo su saxo y lo tomó sin pensarlo dos veces.

El derroche de talento de esa noche fue la más sublime y espectacular pieza musical que había tocado jamás. De hecho, estaba improvisando y las notas se escuchaban escritas, como si el mejor compositor de jazz le estuviera dando clases en ese momento. Los vecinos se excitaban con tan hermoso sonido. Esa noche, Baund se acostó en su cama con el mayor placer del éxito en su garganta.Pasaron los días, y Baund presentaba sus actos en la calle, en los bares que frecuentaba y a oídos de sus mejores amigos. La voz fue corriendo ―en menos de una semana―, los busca talentos lo asechaban, los contratos en bares reconocidos y espectáculos grandes clamaban por él. El milagro de navidad que tanto había esperado llegó ese diciembre. Baund estaba en su punto más alto de felicidad; tenía dinero, mujeres, un nuevo apartamento, ropa elegante, podía comer cualquier cosa que se le antojara, e incluso había firmado algunos papeles para grabar unos discos. La fama lo hacía flotar en los escalones del éxito, directo a la cima de su sueño.

La corbata era mágica. Pero por temor a desaparecer su encanto, la lavaba con sumo cuidado, con un pequeño cepillo de dientes. Pronto sería su concierto de fin de año, el 31 de diciembre, ―celebraría la cúspide de su éxito―, en un festival de música de renombre. Los mejores músicos estaban ahí y él sería el acto final.

El traje estaba listo, el saxo calibrado, limpio y lustrado; la garganta hidratada, la colonia de su perfume olorosa y varonil. Su cabello peinado y la corbata maldita, lista para trazar el mejor concierto de jazz, ―y cobrar su recompensa―. El mejor regalo de navidad para el difunto mejor jazzista del mundo, Víctor Baund.

FIN

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