Dermis Entintada 🖋️

(Escrito por Augusto Andra en el año 2019)

Dalvareze es un escritor que necesita terminar su última obra. De paseo por la ciudad, encuentra un vendedor ambulante que le ofrece una misteriosa pluma mágica, que supuestamente le ayudará a concluir su manuscrito.

Mojaba con tinta la punta de la pluma y con delicadeza, la afincaba con cuidado para derramar las pequeñas gotas negras que conformarían las letras de su manuscrito.

No era la primera vez que Dalvareze escribía un libro. Era un buen escritor, fanáticos de las aventuras y fantasía. Había escrito varios libros, ―una saga en particular―, donde relataba crónicas aventureras de un grupo de amigos con dones excepcionales. Pero claro, como todo buen escritor del siglo XXI, trabajaba la escritura en su adorada computadora… hasta hoy.

Hacía algunos días, durante un caluroso paseo por el centro de la ciudad, se topó con un vendedor ambulante, uno que aseguraba tener lo que él necesitaba para culminar su último libro. Como dice el dicho: la curiosidad mató al gato, pero Dalvareze decidió tomar el “riesgo” y aventurarse a la curiosidad de lo que fuese que el vendedor tendría para él.

Una mueca mofa y chistosa cruzó los labios de Dalvareze, cuando el vendedor sacó de sus cajitas, una extraña pluma con encajes dorados, rubíes incrustados y diseños de calavera. La verdad, era una pieza hermosa, digna de colección y por el módico precio que ofrecía el vendedor, ―aunque la pluma no lograse causar una creatividad desbordante para culminar el libro―, sería un objeto bonito y valioso que combinaría muy bien con las pertenencias de su escritorio personal. Al lado de su taza de café favorita, junto una lámpara de lava que conservaba desde pequeño.

Una vez en casa, Dalvareze sacó una hoja de papel y una botellita de tinta negra que tenía guardada desde hacía mucho tiempo. Le divertía el hecho de escribir unas pocas palabras como se hacía en los viejos tiempos; con puño y letra, como dice el dicho.

Algo sorprendentemente extraño se apoderó de Dalvareze. Con tan solo el primer toque de la pluma con el papel, la desbordada imaginación del escritor se apoderó de su mano derecha y comenzó a escribir frenéticamente.

Pasaron horas y horas. Sus otros sentidos se neutralizaban; no sentía hambre, ni calor, ni frío, no tuvo urgencia para ir al baño y sorprendentemente tampoco sudó. En menos de un día, Dalbareze había completado su último libro.

Luego de ese arranque de creatividad, Dalvareze se sintió satisfecho. Efectivamente el vendedor tenía razón, había encontrado la cúspide creativa al tocar esa pluma mágica. Pero era hora de descansar, debía usar la pluma con sabiduría y, ―por supuesto―, quería o más bien necesitaba escribir más.

Dalvareze se levantó del escritorio. Fue al baño y se quitó su camisa. Estuvo mirándose un buen rato al espejo, se percató de algo inusual en su rostro. Pareciese como si un trozo de su piel se estuviese despellejando, ―algo extraño―, últimamente él no tomaba mucho sol como para que sucediese eso.

Con la punta de sus dedos, tomó el pequeño pliegue en su cara y lo jaló cuidadosamente. La dermis de su rostro se destapó como la página de un libro y le colgó un enorme pedazo de piel por debajo de su ojo.

El susto le hizo caer, resbalando en el piso del baño, aporreándose la mano derecha. La mirada del Dalvareze tuvo un horrible vuelco, la escalofriante situación comenzaba a salirse de sus manos… literalmente.

Los dedos de su derecha estaban desplomados, torcidos como servilletas. La piel de cada dedo estaba abierta como pequeñas hojas de revistas y muchas de las páginas estaban esparcidas por el suelo. Aun podía mover la mano, misteriosamente no sentía dolor, pero sus dedos estaban destrozados. No había sangre, cada corte convertía su cuerpo en un inmenso pliegue de papeles y hojas que se caían de a poco.

Logró levantarse y mirar su pecho, ahí estaban despegadas las hojas más grandes de su cuerpo. En su espalda sentía aún más, pero estaba demasiado asustado como para tratar de arrancarse la piel de los omóplatos.

De repente, captó algo espeluznante y desgarrador. Una de las hojas de su piel tenía algo escrito, ―letras con una tinta muy oscura―, de trazos perfectamente escritos y finos; era su propia letra. Sostuvo la hoja en sus manos, le temblaba el pulso y sudaba muy frío. Ahí estaba escrito su manuscrito, perfectamente idéntico a lo que hacía unos minutos había terminado de redactar.

Leyó cada párrafo de esa hoja y arrancó otra página de su pecho para seguir leyendo. Temía lo peor, la lectura estaba llegando a su fin, estaba leyendo los últimos capítulos de su novela. Dalvareze se levantó del suelo, sus piernas no respondían del todo bien, comenzaban a desparramarse como una torre de naipes en el suelo.

Debía escribir más, tenía que seguir escribiendo o acabaría convertido en su propia obra; descompuesto en el piso, ―un libro desgarrando―, sin ningún orden y sin ningún empaste o portada… un manuscrito olvidado.

Dalvareze se arrastró por el suelo hasta el escritorio y con las últimas fuerzas de su voluntad, logró sentarse en la silla para escribir. Su cuerpo se convertía en un bulto deforme de hojas dobladas y arrugadas. Tenía que lograr escribir algo, algo que sumase más tiempo para vivir, faltaba poco para que la maldición llegara hasta el último capítulo de su historia.

Pero fue demasiado tarde, quizá Dalvareze logró escribir algo, pero no fue suficientemente rápido para concretar una idea. La pluma cayó de su mano deshojada y el viento de la ventana tumbó su cuerpo, esparciendo el último capítulo de su libro por toda la habitación.

 

FIN

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