Doom & Door 🧟🚪

(Escrito por Augusto Andra en el año 2026)

Luego de un apocalíptico infierno, donde la humanidad se obligó a ser aisladas a ciudades amuralladas para protegerse de las gigantescas hordas de zombies. Se inventó un sistema llamado Doom & Door, un arduo y difícil trabajo para eliminar la amenaza. Quienes trabajan de Doors se encargaban de monitorear y abrir pequeñas puertas, dejando pasar zombies de uno en uno. Los Dooms, con la tarea más difícil, entrarían en las arenas de combate para eliminar aquellos zombies que los Doors permitían entrar. Y así, quizá algún día, de uno en uno, la amenaza zombie podría extinguirse.

ÍNDICE

PRÓLOGO

En los anales de la historia, en leyendas mitológicas, cuentos aterradores, puede que incluso en narraciones bíblicas o en mitos antiquísimos, antes de que se inventara el papel y el grabado, existió una frase que atormentaría a la civilización humana:

«Se levantarán los muertos para comer de la carne de los vivos, porque allá donde moran los muertos no habrá más espacios para habitar. Y cuando los muertos sacien su hambre, se irán, porque no habrá más vivos que comer».

Sin embargo, al pasar las décadas la humanidad olvidó aquella advertencia divina, ―la vida continuó―, los progresos del hombre nublaron el juicio de las personas y la tecnología los hizo dependientes y flojos. Hasta que un día algo ocurrió…

Todo comenzó en el hospital psiquiátrico Santa Marta de Betania. El paciente cero, ―que ha quedado en anonimato―, diagnosticado con una extrema depresión, a tal punto de intentar quitarse la vida, ―más de una vez―, reposaba en cama esposado de muñecas y tobillos, con una mordaza en su boca que evitaba que mordiese su lengua para no arrancársela. Los doctores y enfermeras habían tomado esa medida drástica, debido a que uno de sus atroces intentos de suicido consistió en morderse la lengua hasta tratar de desgarrarla.

Aquel día algo inusual ocurrió, los médicos esperaban su descenso natural para una persona anciana y medicada, ―llevaba años viviendo en el psiquiátrico―, sufriendo de arranques iracundos y extremas facetas de depresión, acumulados con sus constantes ataques de pánico, ―causados según él―, por tormentosas voces que le susurraban atrocidades al oído.

El doctor medía sus pulsaciones esperando lo inevitable: el último soplo de vida. Al cabo de unas horas, marcaron el registro de fallecimiento a la 1:53 p.m., de un 15 de septiembre del 2026.

Sin embargo, esa fatídica fecha solo había dado paso a lo que muchos catalogaron como el apocalipsis moderno. Aquel hombre fallecido y sin ningún atisbo de vida… pestañeó.

El doctor pensó que habría sido un reflejo común postmortem, luego se escuchó un aliento… una respiración lenta que, ―progresivamente―, aumentó los espasmos, el ruido, los gritos y movimientos agresivos en la cama.

Esa noche el primer muerto comió, otros más despertaron y se alimentaron. Hasta la actualidad, ni uno solo de ellos ha logrado satisfacer su hambre.

Ninguna investigación científica logró dar con el origen verdadero de la zombifiación. No había virus de procedencia natural o fabricación humana, ―o incluso se planteó la idea de un virus “extraterrestre”―, tampoco invenciones monstruosas de magia negra o brujería. El zombie de la leyendas se había manifestado en la raza humana y por mucho que la ciencia había avanzado para investigar y combatir, nadie comprendía que el verdadero origen era de una procedencia más oscura, más antigua que la misma humanidad; aquel efecto arraigaba en la mente y el corazón de las personas; la depresión, la ira, el deseo del mal, las malas decisiones del hombre, ―y de una persona como individuo―, germinaban la oscura semilla que al morir, ―despertaba por causa de sus sentimientos y pensamientos negativos―, al muerto viviente.

Al principio la humanidad fue escéptica a la amenaza, tantísimas referencias a muertos vivientes, zombies y ghuls, ―con películas, libros, series y videojuegos―, atrofiaron la credibilidad restándole crédito al verdadero problema, ―que en cuestión de semanas―, desembocó una pandemia de proporciones bíblicas que iniciaron el apocalipsis moderno, desmoronando la civilización humana.

No hubo armamentos, vacunas, aislamientos, cuarentenas o masacres que previnieran lo que significaban esos seres… La muerte no puede morir. Y al no caber más en el otro mundo, los muertos caminarían por siempre entre los vivos.

Las ciudades iniciaron un colapso monumental, los pequeños pueblos desaparecieron, luego las pequeñas ciudades, derrumbándose poco a poco las grandes urbes. Incluso el reino animal se vio afectado por la maldición de los muertos, ―eliminándose unos a otros―, de una manera más vertiginosa que los humanos, causando un desequilibrio alimenticio a nivel global.

La contaminación de metano, ―a causa de la descomposición de los cuerpos―, evolucionó en una polución casi mortal, obligando al resto de los sobrevivientes a aislarse en ciudades amuralladas con campos de purificación. Desgraciadamente, la escasa energía eléctrica que producían era suministrada para alimentar a los purificadores de aire y oxígeno. La tecnología escaseaba, el alimento también; el hombre volvió a vivir como en eras anteriores; rudimentarios, rústicos, ―casi bárbaros―, con el único propósito de sobrevivir, ―con armas blancas como hachas, espadas o cualquier instrumento cortopunzante―, y nulas posibilidades reproductivas, con familias pequeñas, ―casi inexistentes―.

Los más valientes, ―otros por obligación―, se apuntaban a las tropas armadas destinadas a combatir las hordas de muertos… El resultado siempre era el mismo: pocos sobrevivientes que solo aumentaban el número de enemigos… La humanidad estaba condenada, ―quebrantada―, hasta que se ideó un plan que, a largo plazo, ―quizá cientos de años―, lograría vislumbrar una esperanza para el futuro.

Las ciudades idearon un sistema de poca monta, pero probablemente de alto rendimiento, ―si no llegase a quebrarse―. En puntos estratégicos de cada sector de las ciudadelas, se construyeron pequeñas arenas de “combate”, ―o más bien de aniquilación―, dedicadas a matar zombies.

Cada arena contaba con un sistema simple: una única puerta, ―altamente reforzada―, que abrían pocos segundos dejando pasar zombies de uno en uno, ―para que dentro de la arena―, un soldado “especializado en combate”, se encargaría del trabajo sucio. Los equipos iban asignados por parejas, los que controlaban las puertas y el número de zombies que entraban, apodados como: Doors… Y aquellos valientes, ―más bien desgraciados―, que luchaban en las arenas contra los zombies, apodados: Dooms.

Al poco tiempo el apodo se convirtió en un hecho, cada ciudadano daba gracias a la purga de zombies del exterior. Ninguna ciudad había sufrido invasiones, los cálculos de limpieza mundial eran exorbitantes, ―pero con esperanza―, el trabajo de Doom & Door se convirtió en el trabajo, ―más peligroso―, y más respetado de la sociedad.

PARTE I

La alarma del teléfono comenzó a sonar con un pitido ensordecedor. Lázaro sintió el golpe de una almohada por parte de su mujer, ―ella odiaba ese despertador―, eran las 5:00 a.m., el horario que su esposo necesitaba para prepararse para su trabajo.

Le costaba levantarse en las mañanas, ―odiaba que a esa hora todavía no salía el sol―, y tenía la costumbre de reposar su teléfono celular lejos de su cama para obligarse, ―regañado también por su esposa―, a levantarse y apagar la alarma.

Luego de una ducha fría y un desayuno potenciado en proteínas, Lázaro vistió su uniforme “blindado”, ―con pedazos de metal, chatarra y hierro como armatoste―. En su chaleco se guindó el walkie-talkie y en su cinturón amarró con fuerza, su hacha de mano, su machete, ―recién afilado la noche anterior―, y una pistola casera que se la había ingeniado en crear con un antiguo libro de armamentos de fuego que encontró en una biblioteca abandonada.

Recién cuando el sol del alba rozaba el borde de la muralla de ciudad Vossna, Lázaro corrió las ventanas de su hogar e intentó darle un beso a su esposa, ella le giró el rostro, ―seguía enojada―. A lo largo de varios meses la tensión sexual entre ellos no mejoraba, algo frenaba su atracción, Lázaro no lograba endurecer su ímpetu en la cama, ―cosa falsa―, ya que su esposa Rafaela sabía que de vez en cuando su esposo frecuentaba prostíbulos con sus compañeros de trabajo. El matrimonio se tambaleaba y Lázaro usaba el laburo para descargar su ira y frustración, porque, ―siendo honesto consigo mismo―, ya no soportaba a la convivencia con Rafaela, además de tampoco contemplar la posibilidad de tener hijos, ―que ella sí quería―.

Le gustaban sus nuevas botas, eran pesadas, ―pero fuertes―, era el único atuendo reluciente de su uniforme Doom, le molestaba un poco el pisar y el roce en el tobillo, se le pasaría poco a poco con el uso, eran lo normal.

Mientras caminaba, otros miembros de Doom & Door se iban sumando a su caminata hacia las murallas, como una horda en la contra parte de la balanza entre el humano y el zombie.

El humor de Lázaro en su casa era abrupto y terco, para sus compañeros era un sujeto optimista, simpático, de esos tipos que siempre quieres saludar en la mañana para levantarte el ánimo.

Al doblar la esquina los parlantes de la ciudad comenzaron a sonar, ese día la voz de recibimiento era la de Jéssica. Todos amaban a la pelirroja de Jéssica, era una chica joven, sensual, ―no tan voluptuosa―, su voz era igual de simpática que saludar a Lázaro, ―él se había acostado con ella un par de veces, y estaba seguro que otros más también lo hacían―. Ese detalle no le importaba a nadie… a excepción de Elías.

Al principio Elías era tan vibrante y simpático como Lázaro, el problema era Jéssica, ya que era su esposa. La promiscuidad de la chica no era un secreto, muchos en Doom & Door lo sabían, pero nadie hablaba de ello y dudaban si realmente Elías conocía la verdad. Muchos aseguraban que sí, ―causa de su malhumor―, pero se negaba a dejar a Jéssica por dos razones: su sensual y atractiva presencia, ―sobre todo sus habilidades en la cama―, y lo más importante, tenían cuatro hijos.

Lázaro sabía la verdad, porque Elías era su compañero, era su Door, ―su puerta―, su respaldo y hasta su confidente. Ambos compartían un pequeño gran problema, no lograban potenciar una erección para sus mujeres, ―por razones distintas obviamente―. Lázaro odiaba a su esposa, es por eso que no lograba levantar, en cambio Elías realmente tenía un problema médico, algo que los doctores en esas condiciones del futuro no sabían resolver; las pastillas lo ayudaban, ―claro―, pero su durabilidad era mínima e inestable.

Al ser compañeros en un trabajo tan peligroso y rutinario, las amistades se refuerzan, se respaldan y crean vínculos donde hacer confesiones crea pilares para sostener problemas. No obstante, ―a pesar de que Lázaro era un simpático ante todos―, en el fondo era un mal sujeto, solo le importaba él, y el día en el que fue a hablar con Jéssica sobre su amigo, terminó acostándose con ella.

Los hornos crematorios abren sus puertas a las 8:00 a.m. ―Seguía hablando Jéssica por los parlantes―. Los procesos de eutanasia están disponibles las 24 horas. Por favor, si tiene un familiar fallecido en casa es obligatorio llevar cualquier cuerpo sin vida a los crematorios. Si tiene un conocido con una enfermedad terminal, o con riesgos de muerte, es obligatorio llevarlo a un hospital para la eutanasia, su familia recibirá raciones extra en compensación… ―Y así sucesivamente, indicando todos los pasos y protocolos de seguridad de las ciudades, que debían repetirse obligatoriamente todas las mañanas, tardes y noches.

Acercándose a su puesto de trabajo, Elías lo esperaba recostado en una pared fumándose un cigarrillo. Las coletas de humo le tapaban el rostro, pero aun así, ―desde lejos―, Lázaro detallaba las ojeras largas y oscuras de su compañero.

Ha habido informes de alucinaciones colectivas en las zonas próximas a las murallas. Personas aseguran ver sombras andantes ―reportaba Jéssica.

Lázaro se aproximó a Elías, dándole un amistoso golpe en el hombro para espabilarlo. Tenían que anotarse en una lista de asistencia que colgaba de una pared con un lápiz que ya casi se gastaba.

Médicos aseguran que las alucinaciones se deben al mal funcionamiento que los purificadores de oxígeno han estado presentado las últimas dos semanas. La polución externa ha penetrado la muralla causando infecciones y otros síntomas. ―Seguía explicando.

Elías terminó de darle un sorbo a su cilindro de nicotina, lo tiró al suelo y lo pisoteó, dándose cuenta que Lázaro llevaba unas botas nuevas, eran iguales a las de él.

Si presentan síntomas de alucinación, fatiga, vómitos o escalofríos, además de la común tos o alergia de polución. Es obligatorio ir al hospital más cercano a una revisión de urgencia, sus familiares deben prepararse en caso de que se deba aplicar una eutanasia de emergencia. ―Jéssica seguía informando.

La pared de las murallas no era tan enorme y segura como lo vendía el gobierno de Vossna. Tenía muchas reparaciones de emergencia; para Lázaro solo era una enorme pared con miles de aleaciones de metales diferentes, ―rejas y chatarras―, superpuestas una adelante de la otra. El consuelo de seguridad de los ciudadanos era que la muralla estaba dividida por capas; Vossna contaba con tres capas de muros en total, en la última capa, ―o en la primera si se contaba desde afuera―, estaban las arenas zombies donde Doom & Door trabajaba.

―Hoy estás muy callado, Elías. ¿Cómo va todo en casa? ―preguntó su amigo, parándose en frente de la primera puerta de la muralla.

Los pesados pasos de Elías caminaron hasta unas escaleras metálicas que daban hacia el borde de las paredes. Odiaba esas escaleras, eran muy endebles, ―sobre todo en los días lluviosos―.

―La misma mierda de todos los días ―respondió Elías, rascándose la barba, la tenía sucia y enmarañada, como si no se hubiese lavado la cara antes de salir de casa.

―Vamos por unas cervezas con los muchachos después de trabajar a ver si te animas un poco ―dijo, sonándose el cuello y agitando sus manos para prepararse para entrar―. Hay alguien que cumple años hoy… ¿Era Héctor o Kahir? Siempre olvido las fechas.

―Kahir… ―respondió Elías, llegando a la cima de la muralla.

PARTE II

Al entrar al primer sector de la muralla, Elías ingresó en una pequeña cabina, la primera era la más vieja y oxidada de toda Vossna. Con suma fuerza, apretó una enorme palanca y la jaló abriendo la primera puerta. Aunque antiguo, tenía un buen sistema de seguridad digital, ―con mecanismos analógicos―, para controlar las puertas.

Con un chirrido y aturdidor, la puerta arrastró el metal abriéndose lentamente.

A Lázaro le molestaba un poco, estaba muy seguro que había otras ciudades con mejores sistemas de seguridad en las murallas, mejores paredes blindadas con mejores puertas, ―más avanzadas y menos ruidosas―, y por supuesto mejor armamento para los Dooms.

En el primer sector se juntaban todos los Dooms, ―los otros compañeros de guerra―, donde junto a otros voluntarios reparaban armamento, fabricaban armas nuevas, se abastecían u organizaban cada día, algunos se ofrecían para cambiar de puesto, Dooms se convertían en Doors y Doors en Dooms. Para Lázaro y Elías no era el caso, eran la pareja perfecta, a Lázaro le encantaba descuartizar y cortar cuerpos; Elías era más tranquilo, no podría decirse que le gustaba el trabajo de abrir y cerrar puertas, pero era buena paga. Muchas personas comentaban que era un peor trabajo que el de los Dooms que solo mataban, los Doors cargaban con la responsabilidad de asegurar la vida de los Dooms y de todas las ciudades, en este caso de Vossna. Los Doors eran el filtro esencial del trabajo de supervivencia de la humanidad, pero para Elías, que se considera la mayoría de las veces un flojo, jalar la palanca de las puertas, mientras se fumaba un cigarro o tomaba café, era el mejor trabajo de todos.

A través de una pasarela aérea, Elías cruzó a la segunda fase de las murallas, ―el segundo muro―. Allí hizo el mismo proceso; entró en la cabina, jaló la palanca y abrió la puerta para Lázaro. En este punto, el ambiente se tornaba peligroso, la contaminación traspasaba la muralla, el hedor y la peste se sentía en el aire. Ambos tomaron máscaras de oxígeno en sus puestos y siguieron avanzando.

La segunda fase era una especie de vertedero de cuerpos muertos y desperdicios pútridos de cadáveres. Algunos Dooms solo trabajaba en ese sector, saqueando cuerpos para recuperar objetos valiosos, quizá alguna prenda de ropa que podría sanitarse para ser usada. Muchas veces habían encontrado armamentos, herramientas o incluso cuando algunos animales zombies se colaban, eran quienes se encargaban de evaluar las condiciones de los cuerpos para ver si alguna piel o coraza podría servir en el futuro. El resto del trabajo constaba en usar lanzallamas para incinerar los cuerpos que los otros Dooms iban matando en la tercera y última muralla.

En la siguiente fase estaban las arenas zombies, pequeñas murallas circulares para cada valiente Doom. Elías volvió a abrir la puerta, Lázaro traspasó el sector posicionándose a pocos metros de la entrada.

El suelo era literalmente arena, un terreno rocoso que facilitaba las maniobras de los Dooms para esquivar y matar. El sitio estaba limpio, ―a excepción de algunas manchas de sangre muy oscuras en las paredes―.

―Avísame cuando estés listo ―dijo Elías a través del walkie-talkie en su frecuencia personal con Lázaro.

Lázaro inició un pequeño calentamiento con su cuerpo, se sonó los huesos de la espalda, los brazos, los dedos y las piernas, dio un par de saltos y volvió a agitar las manos y la cabeza. Revisó todos los refuerzos de su uniforme blindado: las articulaciones, los guantes ajustados, rodilleras, coderas, su máscara, el casco y la máscara purificadora de oxígeno. Todo estaba ajustado, perfecto para iniciar.

Por último, sacó su arma, un pedazo de madera largo con una hacha de leñador gruesa de un metal muy oscuro, resistente y extremadamente afilado. Era su arma favorita, la había heredado de su padre y del padre de su padre que fue leñador.

Lázaro levantó el brazo dándole la señal a Elías para iniciar. Sonó una pequeña alarma y una luz amarilla, ―como la de una ambulancia―, se activó por encima de la puerta, indicativo que vendría la primera oleada.

El último eslabón de la puerta era la estrategia perfecta, era una puerta pequeña, ―delgada―, donde a duras penas podría pasar solo un zombie. Algunas veces lograban pasar dos, ―no era un riesgo mayor―, la mayoría de los Dooms estaban entrenados para esa contingencia, pero con tres o cuatro la cosa cambiaba, o en aquellas ocasiones más riesgosas cuando se colaba un animal peligroso. Lázaro había visto una vez el cadáver de un tigre en la segunda zona, tan enorme que daba escalofríos, ―pudieron matarlo―, pero el Doom de esa zona no resistió el ataque.

La puerta se abrió, en un corto vistazo, Lázaro vio las sombras de una hilera de zombies, uno detrás de otro; detalló uno enorme, alto y gordo… Odiaba a esos zombies, la capa gruesa de grasa los protegía de los ataques y eran exageradamente resistentes.

El primer zombies traspasó el umbral, Elías inmediatamente jaló la palanca cerrando la puerta como una guillotina en vertical. Lázaro giró su hacha jugando con ella, ―este sería fácil―, era un zombie raquítico, muy pálido con el cabello blanco enmarañado y largo, cojeaba un poco y su mandíbula parecía un poco dislocada, perfecto para el calentamiento.

De un solo tajo, Lázaro clavó la hoja del hacha desde la quijada hacia arriba, abriéndole el cráneo en dos. Al retirar el hacha, el zombie cayó de rodillas, ―todavía vivo―, y con mucha facilidad, Lázaro le abrió el cráneo desparramándole el oscuro cerebro podrido en el suelo. Luego de limpiar el hacha, movió el cuerpo al borde del muro para indicarle a Elías que abriera de nuevo la puerta.

La alarma sonó otra vez, la puerta se abrió y como un par de desesperados hambrientos, se colaron dos zombies empujándose de manera agresiva a través de la puerta. Eso fue una alerta roja para Lázaro, de inmediato se llevó la mano a la pistola en su cinturón.

El primer zombie era corpulento, sus ojos brillaban con un rojizo atemorizante que no dejaba de posar su mirada en Lázaro, ―respirada con fuerza―, no se movía… como si fuera un animal cazando con paciencia. El segundo zombie era el que más le preocupaba a Lázaro, era más bajito, ―jorobado―, y se movía con más rapidez, era escurridizo e hiperactivo, tenía los dientes expuestos y las uñas muy largas.

Al sacar la pistola, Lázaro apuntó de inmediato al pequeño zombie. A pesar de tener una pistola en buenas condiciones, Lázaro no era diestro en puntería, no había tenido grandes oportunidades de practicar, fabricar balas era costoso y tedioso. La primera bala salió disparada directo al hombro del pequeño zombie, el impacto lo empujó al suelo, pero de un salto se incorporó como si fuera un felino. El sonido del cañón había sorprendido al otro zombie, pareciera que gozara de cierta inteligencia y curiosidad; había casos peligrosos donde algunos zombies presentaban vestigio de comportamientos humanos; abrían puertas, sostenían objetivo, o balbuceaban palabras, algunas veces comprensibles.

Con una rapidez aterradora, el pequeño zombie se abalanzó sobre Lázaro, ―corrió en cuatro patas―, esquivando dos disparos. El tercer disparo le voló parte del cráneo, una fuga de sangre le surcó la cabeza, pero el endemoniado zombie siguió corriendo hacia él. Lázaro sintió un movimiento a su izquierda, el otro zombie se había aproximado unos metros. Por puro instinto, ―o inercia―, Lázaro movió el arma apuntando al otro zombies, para su sorpresa, aquel inteligente espécimen había tomado un puñado de arena del suelo, arrojándolo a la vista de Lázaro, por fortuna su casco con visor de plástico le protegieron los ojos. Sin embargo, el corpulento zombie ya estaba encima de él, mordiéndole la mano para intentar quitarle la pistola.

La amalgamada manga de Lázaro, ―reforzada con plásticos y metales―, lo protegía de la mordida, pero la quijada era fuerte, aquel zombie no estaba tan interesado realmente en devorarlo, quería su arma, quería el objeto que llamaba poderosamente su atención. Con la otra mano, Lázaro levantó el hacha clavándosela en la espalda, la hoja se atoró en sus omoplatos. Al moverse bruscamente, el zombie se echó encima de Lázaro tirándolo al suelo, sus manos trataban de quitarle la pistola, le desgarraba los guantes de protección y le hizo un par de rasguños en la piel.

Con la mano suelta, ―donde antes tenía el hacha―, buscó en su cinturón su machete, desenfundándolo con la intención de clavarlo en la cabeza del zombie. Justo en el momento de levantar el cuchillo, el pequeño zombie saltó encima de Lázaro, golpeándolo constantemente en el casco, bloqueándole la vista. El pequeño le daba tantos golpes, que lo desorientó, el casco se le movió a un lado, tapándole la vista.

El situación no estaba a su favor. En todo el interín, ―moviendo la piernas y brazos―, Lázaro trató de quitárselos de encima. El pequeñín logró arrebatarle el caso, rasgándole la barbilla con las uñas. Con el mismo temor de estar expuesto, soltó las armas, el cuchillo se deslizó de entre sus dedos rebotando en el suelo con un sonido tintineante y metálico, el pequeño aproximó sus fauces al rostro de Lázaro, pero atravesó su mano tomándolo por la quijada. El líquido negro de su sangre, comenzó a chorrearle deslizándosele por los dedos, un par hilos babosos cayeron en la cara de Lázaro, ―manchándole la cara―, la sangre se le había metido en los ojos, cegándolo brevemente. Por otro lado, el zombie robusto cogió la pistola con ambas manos, vociferando un grito de victoria por su nuevo juguete.

Lázaro procuró arrastrarse hacia detrás, el pequeño abrió las fauces para morder el rostro… Cuando de pronto, una serie de disparos atravesaron al pequeño desparramándole todas las vísceras y sesos por el suelo. Lázaro vio como el zombie apretaba el gatillo de la pistola, ―una y otra vez―, le parecía gracioso el sonido, luego al apuntarlo a él, el arma se trabó, Lázaro aprovechó ese segundo perfecto para recoger el machete del suelo y clavárselo al zombie en la pierna para tumbarlo. Se levantó de golpe arrancándole el hacha de la espalda, con una rabia iracunda, que le hizo sangrar las heridas de la cara, le cortó la cabeza de un solo tajo en la nuca.

Comenzó a toser, limpiándose el rostro. Su vista estaba extraña, un tanto distorsionada.

―Maldición… ―dijo Lázaro, escupiendo un cúmulo de saliva―. Elías, vuelvo al sector dos, abre la puerta… Esos malditos me hirieron, tengo que ver un médico… ―comunicó por el walkie-talkie.

El sonido de la puerta arrastrando el suelo espabiló a Lázaro, el sonido se le hizo extraño, vio la luz amarilla de la alarma de soslayo… La puerta que estaba abriéndose no era la que Lázaro esperaba…

PARTE III

Una respiración gruesa y nauseabunda, agitó la arena de manera poderosa, fue un estruendo feroz entrando desde la puerta que se cerró de golpe. Un enorme zombie extremadamente obeso y alto había irrumpido, su piel estaba tan podrida que se le caían los gusanos, ostentando un asqueroso color verde con manchas negras de putrefacción y cangrena. No tenía cabello y la piel del rostro se le había caído revelando un aspecto aterrador con los dientes podridos sobresaliendo de la cara.

Lázaro se asustó, vio que el monstruoso obeso se movía rápido, ―aunque con torpeza―, además le había parecido que otro zombie más había entrado desde atrás, creyó ver una sombra delgada moviéndose a espaldas del gordo.

―¡Elías, maldición! Eso no son juegos, abre la jodida puerta… ―Al gritar llamó la atención del obeso.

El zombie tenía la mirada perdida, pero identificó inmediatamente a Lázaro. Cuando movió el cuerpo para dirigirse a su presa, Lázaro apretó las manos en el mango de su hacha, algo lo había asustado; en su nerviosismo no se había percatado que el gordo sostenía un objeto en su mano derecha… más bien era algo clavado en su antebrazo, una especie de viga de metal larga y filosa, como si fuera una peligrosa lanza de un espartano.

Cuando el zombie corrió hacía él, Lázaro dio una voltereta por el suelo para recoger la pistola, se levantó con una agilidad maestra en combate, ―que incluso a él le sorprendió―, y le descargó el cartucho de balas al gordo. Pese a los impactos de los proyectiles, la gruesa grasa del monstruo le sirvió de escudo… El gordo seguía de pie, consternado por el dolor de sus heridas, ―pero de pie―, con la grasa tambaleándosele como gelatina podrida.

El obeso monstruo dio unos pasos, Lázaro se había quedado sin balas, le gritaba a Elías por el walkie-talkie, pero seguía sin recibir respuesta alguna. Abanicando el aire intentó clavarle el hacha en el cuello, el zombie era demasiado alto, ―incluso para Lázaro―, el filo del hacha se le clavó en la clavícula. Al tratar de retirar el arma, el monstruo se desesperó intentando sostener el arma con una mano y forcejear con Lázaro con la otra.

Lázaro era robusto, ―de brazos fuertes―, y aun así no podía con el peso de esa mole. El brazo con la viga clavada se aproximó a él, con astucia le apretó la muñeca deteniéndolo. Sin embargo, la punta filosa de la viga le había rozado las costuras blindadas del pantalón, le desprendió parte del plástico que lo protegía, si perdía fuerza la viga se le clavería en la piel.

Vociferando un grito de ira, Lázaro usó un choque de adrenalina para empujar apenas unos centímetros al gordo. Vio que una de sus piernas tambaleaba por el peso, le pateó con fuerza la rodilla para tumbarlo. Usó ese mismo pie, para apoyarlo en la cara del zombie retirando el hacha atascada, le mutiló el brazo con la viga cortándolo varias veces hasta que cayó al suelo. Ya cansado, se limpió los rastros de sangre de la cara, alzó el hacha y con la fuerza de la gravedad dejó caer el hacha en el cráneo del gordo, una y otra vez hasta que se desplomó en el suelo, la sangre negra y pútrida se desparramó como una papilla.

Volvió a sentir la escurridiza sombra por la mirilla de sus ojos. ¿Se estaba volviendo loco? Intentó caminar hacia la puerta, percatándose que la viga filosa sí le había hecho daño en el muslo de la pierna, tenía un corte no muy profundo, comenzaba a arderle.

Con desespero comenzó a mover los diales de su walkie-talkie, quizá Elías no lo había escuchado, pero nada… no recibía respuestas y no recordaba la frecuencia de emergencia para pedir ayuda desde los otros sectores.

―¡Elías! ―Volvió a gritar, posando su mirada en la torre de vigilancia.

Desde su distancia no veía a Elías en la cabina… algo andaba mal. De pronto la luz amarilla de la puerta se encendió con la alarma, no podría ser cierto… La puerta se abrió, pero esta vez no se cerró.

Una fila de zombies atravesó el umbral de la puerta, eran tantos que cayeron unos encima de otros. Los latidos del corazón de Lázaro sonaron como tambores africanos, el miedo se le subió a la cabeza, la adrenalina que producía no iba a ser capaz de matar tantos zombies al mismo tiempo. Buscó con torpeza un cartucho de balas en sus bolsillos, recargando la pistola desesperadamente.

Dos de los zombies se levantaron, mirándolo con deseo. De repente, Lázaro recordó que había un sistema de emergencia. Cerca de la puerta hacia los otros sectores se hallaba oculta una especie de cadena que al jalarla activaba una señal de humo para alertar a los demás Dooms & Doors. Divisó la ranura en la pared, pero al intentar correr le dolió la pierna y vio que aquellos zombies ya estaban más cerca de lo que pensaba.

Comenzó a disparar, aun con su mala puntería logró matar a uno al primer disparo, pero el sonido alertó a los demás, comenzaron a levantarse, ―unos más rápido que otros―.

El ruido de la turba era ensordecedor, gritaban como animales hambrientos olisqueando su último pedazo de carne. Lázaro hizo un par de disparos más, era imposible librarse de esa situación… iban a comérselo.

No sabía qué hacer, ―estaba rodeado―, la turba se expandió rellenando cualquier ruta de escape, no podía llegar a la cadena para jalarla, ―y de llegar―, seguro lo agarrarían por la espalda. Divisando alguna ruta de escape, dio un corto vistazo a la pared detrás de él, a poco metros la pared de metal llena de remaches y soldaduras, resaltaba un pequeño pico que parecía un escalón o un balconcito. Con una rapidez innata de un superviviente, Lázaro saltó con todas sus fuerzas, clavó el hacha en la pared para luego hacer uso de la fuerza de sus bíceps levantándose con dificultad, mientras unos zombies lo jalaban desde las piernas. Le rasgaron el pantalón desde la herida rompiéndole el blindaje, otras manos jalaron su cinturón, afortunadamente estaban bien ajustado, pero cayeron al suelo varias de sus armas y las balas que le quedaban. Cansado logró apoyarse en el mango del hacha hasta escalar al pequeño balcón, que parecía más bien un alféizar donde apenas podía posar su trasero.

Miraba desesperado la turba de zombies debajo de él, gritando y alzando los brazos… solo esperaba que no se apilaran unos encimas de otros para alcanzarlo. De repente, miró al frente… La cabina de Elías seguía vacía, pero algo más lo perturbó de sobremanera… Detrás de la torre de vigilancia vio una estela de humo de emergencias levitando hacia arriba, luego otra más a lo lejos y una pequeñísima mucho más alejada. Lázaro se giró para ver del otro lado y corroboró lo mismo, las estelas de humo saltaban avisando lo peor… ¿Acaso era una invasión? Habían roto sus defensas.

―Los hornos crematorios abren sus puertas a las 8:00 a.m. ―Volvió a sonar la voz Jéssica por los parlantes―. Los procesos de eutanasia están disponibles las 24 horas. Por favor, si tiene un familiar fallecido en casa es obligatorio llevar cualquier cuerpo sin vida a los crematorios. Si tiene un conocido con una enfermedad terminal, o con riesgos de muerte, es obligatorio llevarlo a un hospital para la eutanasia, su familia recibirá raciones extra en compensación…

―¿De qué mierda estás hablando, Jéssica? ¿Qué pasa? ―gritó como si ella pudiese escucharlo.

Los ojos de Lázaro miraron fijamente la estela de humo más cercana a él, el miedo le recorrió el cuerpo con un escalofrío…

Entonces volvió a ocurrir, ―vio algo de soslayo―, una sombra, un… Cuando giró la mirada lo vio de frente… ¿Cómo había llegado hasta ahí?

Un rostro cadavérico lo miró directamente, estaba a pocos metros de su posición, arriba en la pared, junto a él, pero… ¿cómo?

PARTE IV

Ni el abismo más profundo y oscuro se podría comparar con la aterradora mirada, de las negruzcas cuencas vacías de aquel rostro espectral y sombrío.

Lázaro aguantó la respiración al ver de frente a esa criatura fantasmal, ¿Qué era eso oscuro frente a él? ¿Acaso era una especie no catalogada de zombie? ¿Una evolución engendrada desde las entrañas de algún cadáver maldito?

Estaba aterrado, la mirada de esa cosa le causaba un escalofrío extraño, como si un poderoso viento frío le traspasase el cuerpo, acariciándole los huesos de manera fatigosa.

Aquella cosa seguía mirándolo, el ruido de la horda zombie debajo de él dejó de ser el centro de atención, para Lázaro todo había enmudecido, su concentración se enfocaba en aquella cosa. La mirada oscura de ese monstruo lo perturbaba, no era como la mirada hambrienta y desesperada de un zombie común, ―esa mirada animal y desesperada―. No… esa cosa lo miraba con interés, ―con una atención minuciosa―, esperando una respuesta o una acción, parecía inteligente.

Al analizarlo mejor, ―de pies a cabeza―, parecía más bien un fantasma sacado de una historia de terror para niños. Su cuerpo era un humo condensado en forma de persona, no tenía piernas sino una estela que se iba alargando y disipando como la coleta de un cigarrillo. La contextura de su cuerpo era raquítica, ―como aquellos zombies extremadamente flacos por no comer en varios días―, este no respiraba con fuerza, ―de hecho―, ni siquiera lo notaba respirar. Su rostro era como el de una calavera derretida, los dientes de la dentadura superior estaban unidos con los dientes de la mandíbula, fusionados como si fueran pequeños pilares maxilares… Por lo que Lázaro asumía que esa cosa no podía morderlo, ―quizá sí rasguñar―, porque sus uñas eran largas y aparentemente filosas. Por último, volvía a enfocarse en su mirada, sus ojos eran enormes huecos profundos, tan oscuros como el fondo de un pozo en plena madrugada, pero de vez en cuando, ―dependiendo del brillo del sol―, se notaban unos diminutos destellos rojos como rubíes, titilando dentro de la oscuridad, como pequeños ojos de sangre que se ocultaban al mirar su presa.

La cosa fantasmal hizo un gesto extraño frente a Lázaro, suspiró como entrecerrando los ojos, oliendo en rededor. Se le había acercado demasiado, el sudor de Lázaro hizo un recorrido desde su frente por todas las curvaturas de su rostro hasta llegar al cuello. Aquella gota, ―a causa del miedo―, despertó un deseo en aquella criatura, levantó la mano para tocar a Lázaro con su larga uña negra y curva. De inmediato, con el machete que guardaba en su cinturón, Lázaro hizo un movimiento feroz apuntando directamente a la sien de la criatura. Para su sorpresa, cuando la punta del cuchillo estuvo a centímetros de la “piel”, Lázaro no sintió ningún tipo de contacto. La hoja del cuchillo pasó a través de la cabeza, ―clavándose en la pared―, produciendo chispas en el impacto, causándole una dolorosa molestia a Lázaro en la muñeca, que le obligó a soltar el cuchillo, cayendo irremediablemente abajo en la horda de zombies.

Era insólito, ―no había tocado nada―, fue como intentar tomar humo o una nube con las manos, se les deslizaba entre los dedos. La cabeza de la criatura se deformaba en su propio humo, al moverse las estelas y espirales volvían a formar la cadavérica figura ante Lázaro.

―¿Puedes verme? ―preguntó la horripilante y profunda voz de la criatura, apuntando con su dedo largo a Lázaro.

La mandíbula le tembló del miedo, tomó su arma en reversa para intentar defenderse con el mango, interponiendo el metal entre él y la criatura.

―Sí, puedes verme ―rió la criatura con una risa de interés nato―. Puedo oler el genuino miedo de mi presencia en tu mente. ¡Ah espléndido aroma! ―La criatura se deleitaba olisqueando a Lázaro.

―No te acerques… ¡Aléjate, monstruo! ―gritó Lázaro, agitando el arma de lado a lado.

―¿Y qué harás si me acerco? ¿Dispararme? ―Se mofó de Lázaro, resonando una gargajosa carcajada―. Te quedan una o dos balas ―Y siguió mofándose.

La criatura movió su mano envolviendo la pistola de Lázaro con los dedos, ―de igual manera―, no había contacto alguno, ―era un ser inmaterial―, incorpóreo en una definición diferente de la palabra. Un fantasmas humífero manifestado ante la vista temerosa y traicionera de Lázaro.

―No podemos tocarnos, tonto. ―La criatura volvió a mofarse, moviendo la mano destilando más estelas de humo desde sus dedos.

―¿Eres uno de ellos…? ¿Una especie de zombie nuevo? ―preguntó Lázaro con un poco más de calma, pero sin retirar la mirada de la criatura.

―¿Uno de esos? ―Señaló abajo a los zombies―. No me insultes, Lázaro. Yo no voy por ahí muerto de hambre y apestando a podredumbre ―confesó, silenciando a Lázaro.

―¿Cómo es qué… ―Su miedo no le permitió completar la frase.

―Ah, tu nombre… ―Levantó su dedo índice, demostrando una astuta y macabra sabiduría―. Sé muchas cosas sobre ti. ―Tocó su sien con el dedo―. Demasiadas, diría yo. Las olí… El miedo es una corriente infinita de información, una ensalada deliciosa de terrores, traumas, pecados… y en tú caso: traiciones. ―Volvió a reírse.

―Vete de aquí… Eres una ilusión, una pesadilla. ―Lázaro se tocó el rostro limpiándose las lágrimas y gotas de sangre coagulada de la cara.

―Pesadilla es una buena definición. Pero soy algo peor que una pesadilla… Soy una maldita verdad que te persigue. ―Se le acercó casi a centímetros del rostro.

Lázaro intentó echarse hacia atrás, no tenía maniobrabilidad en el pequeño espacio donde se resguardaba, casi se resbala al suelo con la horda zombie.

―¿Qué quieres de mí? ―preguntó con nerviosismo―. No puedes tocarme tampoco, no puedes comerme… ―dedujo en un atisbo de astucia.

―No en el sentido literal de la palabra. Me alimentaré de ti, pero no voy a “comerte”. ―Dibujó las comillas con sus largos dedos, seguía burlándose de él.

Revisando su cinturón, sacó un gas de pimienta que algunas veces usaba, pero se le había olvidado. Con desespero agitó el spray y chasqueando un encendedor con la otra mano frente a la boquilla, generó una enorme flama que cubrió el rostro de la criatura con las flameantes llamaradas que brillaban con destellos azules y anaranjados.

El fuego se mezclaba con el humo que componía el rostro del monstruo, ―las llamas consumieron su forma―, deformando su fisonomía en un instante. Pese a eso, luego de que fuego se consumiese, las estelas y huesos de humo del torso, despidieron un torrente de humo desde el cuello que, ―con suma facilidad―, volvía a formar poco a poco el rostro que Lázaro había borrado.

―Muy astuto, pero eso tampoco va a funcionar… No puedes matarme, porque no estoy vivo. Tampoco estoy muerto como ellos. ―Señaló de nuevo a los zombies―. Simplemente existo ―decretó con infortunio para Lázaro.

PARTE V

Con cada gota de sudor, se le aceleraba el corazón, cada pálpito se le subía a la cabeza sintiéndose mareado. El monstruo se deleitaba con la mirada confusa de Lázaro. Estaba literalmente entre la espada y la pared, con un depredador superior e intocable saboreándole la nuca.

―¿Eres la muerte que ha venido por mí? Hoy acaba mi vida… ―deducía mirando a los zombies debajo de sus pies.

―Muy filosófico de tu parte, Lázaro. No es propio de ti ―conversó un poco, como sentándose a su lado―. Siéndote honesto, estoy muy fascinado por ti, en todos estos años nunca había conocido a un hombre capaz de vernos, escuché que algún compañero se topó con alguien como tú, pensé que eran inventos o rumores. Ya sabes, para avivar una conversación ―charlaba con soltura.

―¿Hay más como tú? ―preguntó Lázaro.

―Tantos como ustedes… No, estoy mintiendo, somos muchos menos. Nuestros métodos reproductivos son difíciles, y casi nadie quiere tener prole. Nos centramos más en el placer, la diversión y la alimentación ―confesaba pensativo.

―Entonces si quieres devorarme… ¿Piensas comerte mi alma? ―preguntó asustado.

―¿Tu alma? ―preguntó riéndose―. Ustedes los humanos tienen la mente muy retorcida. Son creativos debo admitir, pero tantas novelas y películas de terror les atrofió la cabeza. ―Seguía riéndose―. Mira alrededor, tu ciudad está siendo asediada e invadida por todos los frentes. Si prestas atención, escucharás los gritos desesperados y la angustia de quienes quieren sobrevivir. ¿Qué es lo que más abunda en ser perseguidos? ¿Cuál es la sensación y el sentimiento que produce el humano cuando está al borde del colapso? Aquello que alimenta las pesadillas, que acelera el corazón, que te da escalofríos y algunos paraliza y enmudece. ¿Qué es? ―Le preguntaba con emoción a Lázaro.

―¿El miedo? ―respondió con una pregunta.

―Ah, el miedo. ―Suspiró deleitándose―. El alimento más sublime y delicioso de la humanidad. Oh la pobre y asustadiza humanidad, ¿Qué seríamos los Zhums sin ustedes? ―cuestionó de forma literaria y burlesca.

Fue en ese momento que Lázaro vio una luz al final de su túnel. Por más aterradora y monstruosa que fuera la criatura frente a él, su instinto de guerrero en las trincheras y arenas, le dio un minúsculo atisbo de visión, entendiendo que eso frente a él no era peligroso, eso no le haría daño.

―Te alimentas del miedo, por eso no te alejaste de mí… ―derivó después de unos segundos.

―Sabes, para algunos el miedo te hace razonar más rápido. Veo que no es tu caso. Ya no hueles tan bien, ¿te está llegando la valentía de alguna parte? ―preguntó la criatura, mirándolo de arriba a abajo.

―No vas a hacerme daño, si muero no habrá más miedo… Y no más comida para ustedes. ―Seguía deduciendo en voz alta.

La criatura torció su rostro en una expresión de obvia analogía, mezclada con desagrado. Era cierta la lógica de Lázaro.

―¿Ahora entiendes por qué no nos gustan los zombies? ―cuestionó con curiosa agresión―. Ustedes les temen, pero ellos no generan miedo… Ningún Zhum puede alimentarse de algo sin sentimientos ni emociones… ―respondió inmediatamente―. Y cada vez hay más de ellos y menos de ustedes. ¿Qué te parece? ―volvió a cuestionar con irónica revelación.

―Entonces… Tienes que ayudarme a vivir. Yo todavía tengo miedo, te lo aseguro ―tartamudeó al pedir ayuda.

―¿Y cómo te ayudo? ―Comenzó a reírse estruendosamente, una carcajada hilarante e irritante.

En su desesperación, Lázaro hizo un recorrido con su mirada, tratando de divisar el panorama entero. Los gritos seguían sacudiendo por debajo de los monstruosos alaridos de los zombies, las nubes de humo de algunas explosiones se acumulaban dentro de la cúpula de oxígeno.

―Si presentan síntomas de alucinación, fatiga, vómitos o escalofríos, además de la común tos o alergia de polución. Es obligatorio ir al hospital más cercano a una revisión de urgencia, sus familiares deben prepararse en caso de que se deba aplicar una eutanasia de emergencia. ―La voz de Jéssica seguía informando.

Todo estaba perdido, ¿Por qué Jéssica seguía reportando lo mismo de esa mañana? De repente, escuchó un sonido familiar, un pitido distorsionado desde su chaleco, era el walkie-talkie percibiendo una señal.

Inmediatamente Lázaro tocó los botones y ajustó la frecuencia del dial, escuchaba una voz distorsionada a lo lejos.

―¿Quién anda ahí? Aquí Lázaro del sector 15-3 ―respondió con rapidez.

―¿15-3? ―preguntó la voz, más bien confirmando la información―. Doom: Lázaro Quevedo. Door: Elías Escarp ―reafirmaba la voz.

―Afirmativo ―respondió Lázaro―. ¿Cómo está la situación? ¿Estoy atrapado en la arena rodeado de… ―La voz lo interrumpió de ipso facto.

―¡Váyanse a la mierda! ―gritó el tipo del otro lado de la línea.

―¿Cuál es tu problema, imbécil? ¡Necesito ayuda! ―gritó Lázaro al walkie-talkie.

―Pregúntale a tu compañero… Nos jodió a todos, espero que también te mueras ―vociferó el sujeto enojado.

―No, espera… No tengo nada que ver con Elías, dejó abierta mi puerta y entraron todos… estoy atrapado ―argumentaba para obtener más información.

―Dejó abrir todas las malditas puertas… El comando vino de la torre de control 15-3. No te hagas el que no sabes, todos conocen a Elías, el sujeto al que todos se follaban a su esposa… ¿Cómo es que pasó los exámenes psicológicos? Ese maldito no debió trabajar nunca como un Door… Espero que ya esté muerto ―detalló el sujeto, sumamente enojado, dejando soltar un diminuto quebranto de llanto.

―Él no sería capaz… Elías es… ―Volvió a interrumpirlo.

―Vete a la mierda. No interrumpas mi frecuencia, estamos buscando personas que realmente quieran ayudar… así que púdrete. ―Cortó la frecuencia.

Lázaro se enojó tanto que al tratar de buscar otra frecuencia se le resbaló el walkie-talkie de las manos, cayendo encima de la horda de zombies bajo sus pies.

La risa del monstruo a su lado ahora sonó distinta, más aguda y burlona que la carcajada anterior, como si… supiera algo.

―Dime lo que sabes… ¿Qué pasó con Elías? ―cuestionó furioso.

―¿Cómo sabes que sé algo? ―preguntó con burlona osadía.

―Dijiste que el miedo tiene… información, ¿no? ―razonó, recordando las palabras del monstruo―. ¿Puedes ir allá en la cabina y oler el miedo de Elías? ¿O… puedes percibir su miedo desde aquí? ―pronunció una pregunta llena de miedo.

―No necesito ir hasta allá para oler lo que sentía tu compañero Elías… ―Se llevó las manos al rostro, cambiando su gesto a uno nauseabundo―. Él no tenía miedo… estaba enojado, la rabia no es tan deliciosa, ¿sabes? Por allí andaba uno de mis amigos y lo olió, daba asco y pena… Es un caso curioso, porque gracias a él nos alimentamos mucho el día de hoy, pero… ¿A qué precio? Probablemente después de este banquete pasaremos mucha hambre… ―explicó echando su cuerpo hacía atrás, como estirándose los músculos antes de ejercitarse.

―Pero… ¿Qué hizo…? ¿Por qué abrir las puertas? ―Lázaro arrojaba preguntas al aire.

―¿En serio te lo estás preguntando? Tú eras de los que se acostaba con su mujer. ―Volvía a reírse―. Elías estaba harto de todo. Te diré lo que hizo, quizá te pueda sacar un poco más de miedo y terror antes de que mueras… ―Se le acercó al rostro―. Esta mañana amarró a su esposa y a sus hijos a la cama, los pobres gritaban viendo como su papá se volvía loco dejando el gas de las estufas abierto para que se durmiera, una muerte lenta, pero aterradora… ―Recreaba el miedo de los niños en su mente.

―Es mentira, Jéssica estaba hablando por los parlantes… ―decía Lázaro.

―No seas tonto, es una grabación. Elías lo tenía todo preparado. Oh, y… ¡Sorpresa…! Elías dedicó mucho de su tiempo libre para averiguar que esos pequeños no eran sus hijos, ni uno solo de ellos era suyo. Uno era tuyo, por cierto, ¿o eran dos? ―La criatura se abrazó el estómago tratando de contener la risa que le causaba―. En fin, para no hacerte largo el cuento. Hay que admitir que Elías a pesar de ser un alcahueta y cornudo, sabía hacer sus cosas; hackeó todas las puertas de la ciudad, no me preguntes cómo lo hizo porque no entiendo nada de programación y los mecanismos… En resumen, dejó entrar a todos los zombies y se pegó un tiro en la cabeza, desde aquí se puede ver la mancha de sangre que dejó en el vidrio de la cabina. ―Entrecerró la mirada viendo al otro lado en la torre―. Bueno, más o menos. No hay nada más que analizar… El sujeto del walkie-talkie tenía razón, Elías nunca debió trabajar como un Door… ―Terminó de hablar posando su brazo alrededor de Lázaro como si pudiera tocarlo y consolarlo con un abrazo amistoso.

La cara de horror que se dibujó en el rostro de Lázaro, fue una delicia gourmet para la criatura. El olor que produjo el miedo al imaginarse la escena de los niños, ―a Jéssica―, y su amigo planificando todo, ―probablemente en conjunto cuando trabajaba con él―, le produjo también un dolor en el corazón que le derretía la valentía y el alma. Que exquisito manjar se había servido la criatura, hacía tiempo que no deleitaba algo tan sabroso.

―Vamos, quiero opiniones, amigo… ¿Dime que piensas? ―preguntaba la criatura, agitando la mano para avivar la imaginación de Lázaro.

―¿Por qué…? ¿Por qué no me contó nada? ―Se preguntaba a sí mismo.

―Sé honesto contigo mismo, Lázaro. ¿Realmente eras su amigo? Yo no lo creo. ―Lázaro se tapaba los oídos para no escuchar a la criatura―. Eres simpático, buen mozo, alegras donde vayas, pero no eres más que una máscara en el rostro de un villano que aparenta ser bueno… Elías fue una consecuencia de tus actos, eso que ves allí. ―Señaló el borde de los muros, donde se apreciaban el humo y los gritos del caos―. Es tu culpa, amigo… Eres el verdadero villano del cuento ―reveló esperando la reacción.

A Lázaro le temblaron las manos y los labios, la criatura lo había destruido. Esas palabras de verdad no eran un balde de agua fría sobre su cuerpo, más bien sentía como una cascada de lava le derretía todas sus defensas de macho empedernido, bonachón y amiguero… Se destapaba su verdadera esencia, la otra mitad de su moneda que ni él mismo se había dado cuenta que tenía.

Aquel vuelco de pensamientos generó un miedo tan potente en Lázaro que no solo él casi se desmaya, la criatura se deleitó con tanta exquisitez que sus niveles de satisfacción sobrepasaron sus límites como nunca antes había probado.

―Ah, que ironías de la vida. El Door abrió las verdaderas puertas del infierno, dejando entrar al Doom a la ciudad, la condena misma que acaba con todo… ―mencionaba la criatura―. Hablando de acabar, ¿Qué piensas hacer ahora, Lázaro? No tienes muchas alternativas que digamos. ―Expandía las manos mostrando el desesperanzador panorama.

Las lágrimas en los ojos del quebrantado Lázaro, le nublaron la vista. Solo pensaba que todos sus conocidos probablemente estaban siendo devorados en ese momento; los otros Dooms & Doors, la gente de la ciudad, Jéssica y sus hijos, su propia esposa Rafaela por más que la odiase… Nada iba a quedar vivo en Vossna.

―Estas son tus alternativas, amigo ―propuso la criatura―. La salida fácil: usar esa última bala que te queda en el revolver y ponértela justo en la sien. ―Imitó la forma de hacerlo con el dedo índice de su mano en la cabeza―. O, la salida más dolorosa y poética: lanzarse al vacío para ser devorado por ellos… ―Con su mano amplia, le hizo observar un catálogo de rostros horripilantes y pútridos que gritaban de hambre por su carne―. Si tienes suerte, le harás honor a tu nombre y te levantarás entre los muertos, ¿Qué me dices? Tengo todo el tiempo del mundo para esperar ―agregó, esperando la respuesta del miedo.

Lázaro miró sus manos, en una tenía el revólver y detrás de ellas, un desenfocado grupo de zombies levantando sus manos, esperando que un hombre tomase la decisión más grande de su vida… o más bien de su muerte.

Tras el sonido de un disparo, el zhum suspiró pensativo mirando hacia el cielo, recordando esas palabras lapidarias que los humanos habían olvidado ya hace mucho: «Se levantarán los muertos para comer de la carne de los vivos, porque allá donde moran los muertos no habrá más espacios para habitar. Y cuando los muertos sacien su hambre, se irán, porque no habrá más vivos que comer».

―Ellos despertaron porque no tenían a dónde ir ni dónde comer… ¿A dónde iremos los zhums cuando no tengamos qué comer…? ―Soltó una preocupante pregunta para su especie, viéndose reflejado en el único humano que pudo verlo.

FIN

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