La Sociedad de las Rosas 🌹💍

(Escrito por Augusto Andra en el año 2026)

En 1966 ocurrió un fenómeno natural nunca antes visto en el planeta. Un día aparentemente normal llovieron en todo el mundo, unos misteriosos pétalos de rosas, que dieron muerte a casi el 50% de la humanidad, ese hecho fue conocido como el Rosimbris. Una niña llamada Hazel Hickory sobrevivió y en el sexagenario aniversario de la tragedia, ahora apodada como Lady Wood, pactará el futuro de la humanidad con su Sociedad de las Rosas.

ÍNDICE

Prólogo

En la soleada mañana de 1966, cuando la salina brisa del mar permeaba en las casas y edificios de la portera ciudad de Costa Mayor… Ocurrió un fenómeno natural nunca antes visto y de procedencias inexplicables.

Entre los arbustos y árboles en el patio, ―en una casa ubicada en la cima de una hermosa colina con vista al mar―, la pequeña Hazel Hickory observó con atónita atención, como una lluvia de pétalos de color rosa inundaba su hogar como si fuera un ventisca invernal, en una ciudad playera que no conocía el invierno.

El viento movió el brillo rosa en el aire, levitando los pétalos por doquier, esparciéndolos y arrinconándolos en cada recoveco de la ciudad.

Con la hermosa e inocente curiosidad de un niño, la pequeña Hazel al otro lado de la colina, deteniéndose en la cerca para ser recibida por un cúmulo de rosas que le caía encima con grácil sutileza.

El primer pétalo que detalló su vista, caía con lentitud hacia su mirada, era de un hermoso y brillante color rosa, no como el rosa común de las rosas, ―valga la redundancia―. Era más brillante, con bordes y tallos de oro, como si el mismo pétalo fuera de un extraño color que mezclaba el rosa y el dorado. Cuando el pétalo giró en el aire, Hazel vio como en su centro se formaba una aterradora mancha, ―de un oscuro color vino―, que como una gota de tinta en un mantel, pareciese dibujar la espeluznante forma de una calavera.

Al instante en el que el pétalo se posó sobre su ojo derecho, un fuerte golpe a sus espaldas, ―indicativo de que su madre había caído desmayada encima de una alfombra de pétalos―, sorprendió a la pequeña Hazel y supo que algo malo estaba ocurriendo… Su madre estaba inerte en el suelo, ella se sentía entumecida y tiesa; los gritos aterradores de los ciudadanos de Costa Mayor comenzaron a resonar con espeluznantes voceríos de horror.

           

Aquel día de 1966 fue conocido como Rosimbris, un lúgubre recuerdo para el hombre, donde más del cincuenta por ciento de la humanidad murió al primer contacto con los pétalos malditos.

PARTE I

Los sutiles y divinos sonidos de una pequeña orquesta de instrumentos de cuerdas, daban la bienvenida armónica a un gigantesco salón de fiesta, donde se conmemoraría, ―y algunos celebrarían con cruda satisfacción―, el sexagenario del Rosimbris.

Personajes y celebridades de toda índole se unían a la elegante velada, vislumbrando en sus trajes y vestido un hermoso broche de color rosa y dorado, símbolo del amargo recuerdo de los pétalos malditos, ―que de algún modo―, también evocaba la fuerza de la humanidad al unirse entre todos al superar aquél fatídico día de 1966.

La gala recibía todo tipo de personalidades y celebridades, desde famosos actores, despampanantes modelos, políticos e influencers, hasta los comunes medios de comunicación y abogados, empresarios, escritores, médicos, entre otros rubros. Cada invitado rebosaba de una extraña ansiedad, mezclada con alegría y regocijo; la mayoría estaban ahí para el Aniversario de Diamante del Rosimbris, ―pero en realidad―, era el agasajo más esperado del año, donde las figuras públicas conocían personas, concretaban contratos, formaban alianzas, ―e incluso―, conocían parejas y amantes.

Un hombre en particular, ―en ese preciso momento, con mayor importancia que cualquier otro en el salón―, esperaba la llegada de otro personaje importante en la escena. Ash Baobab, pasaba desapercibido ante la multitud, vistiendo su esmoquin oscuro que lo camuflaba entre el resto de los caballeros presentes, su única característica resaltable pudiera ser su pulida calva que, ―a la iluminación de algunos reflectores de la sala―, rebotaba la luz con su piel canela, pareciendo ser otro reflector ambulante que de vez en cuando se acercaba a la mesa de bebidas para servirse un trago.

A simple vista nadie conocía al buen Ash Baobab, a sus 53 años no era una persona muy diestra en las redes sociales, no solía tomarse muchas fotografías y su único perfil en Facebook estaba prácticamente vacío, a excepción de algunas noticias que compartía en su ámbito laboral.

Su pasión era la investigación médica, ―en laboratorios específicamente―, en su larga carrera había fundado, ―con mucho esfuerzo, dinero y determinación―, la famosa farmacéutica BHAL: Baobab Health & Allergies Labs, que según noticias había sido el único laboratorio bioquímico en descifrar los misterios del Rosimbris. Algunos medios afirmando que de haber existido BHAL en aquel desastroso año de 1966, la mayoría de los fallecidos habrían sobrevivido a los pétalos mortales, gracias la supuesta “cura” que dicho laboratorio ocultaba en sus bancos.

Mentira o verdad, eran datos que solo Ash, su esposa y los altos cargos de Baobab Health & Allergies Labs sabían resguardar como un tesoro. Y que, ―quizá―, esa noche Ash usaría tal información para finiquitar alianzas sumamente importantes para el futuro de su compañía y hasta del planeta en términos farmacéuticos.

La velada seguía su sencillo y lujoso transcurso, Ash no tenía muchas intenciones de socializar revelando quién era, ―tenía un objetivo―, esperar la llegada de su hermosa esposa la cual tenía la llave principal para abrir la puerta de ese contacto importante que debía conocer en persona esa noche. Por el momento, Ash disfrutaba de la música, meneando el vino de su copa de una manera elegante como un experto sommelier. De vez en cuando una luz rozaba el borde de su copa, formando una especie de aro de luz al conjunto con el movimiento del vino; un gesto que, ―sin querer―, llamaba la atención por su ostentosidad.

Un caballero de cabello extremadamente canoso y de estatura baja se le acercó. El sujeto miraba con precisa atención, la delicada manera en la que Ash hacía movimientos con su muñeca sin derramar ni una sola gota de vino fuera de la copa.

―¡Magnífico! ―exclamó el nombre canoso―. Nunca había visto la maniobra del vino en persona, ¿cómo lo hace? ―preguntó curioso.

Ash no se había percatado de su presencia hasta que el sujeto lo increpó con una curiosa mirada infantil que destellaba brillo en sus ojos azules, ―casi grises―.

―Maniobra no, es un swirl ―respondió Ash, sonriéndole sin dejar de agitar la copa.

―¿Cómo lo hace? Seré honesto, no soy de beber vinos. Me gusta más la cerveza y en esta fiesta pues… El champagne. ―Se alzó de hombros, levantando su copa larga de champagne.

―No se trata de cómo lo hago, sino el por qué lo hago ―resaltó Ash, acercando la copa al sujeto―. El movimiento suave aviva un proceso de oxigenación, expone el vino al aire liberando compuestos aromáticos que resaltan los sabores de su composición. ―Sintió que su explicación tomaba un tono muy soberbio e hizo una pausa para seguir hablando―. Es como despertar el vino, conseguimos que nos diga qué contenido de alcohol tiene, la densidad del vino, los taninos que conforman la estructura y el cuerpo, lo que le da amargor, dulzura y color. ―Terminó explicando con el mismo tono soberbio que quiso evitar al principio.

―¡Magnífico! ¿Es usted sommelier? ―curioseó el sujeto.

―Aficionado ―corrigió―. Soy bioquímico farmacólogo con especialización en etnobotánica ―explicó con soltura, luego analizó la expresión perpleja del sujeto canoso, agregando un comentario más―. Es la rama que estudia la relación entre los seres humanos y las plantas. ―Levantó la copa para dar un corto sorbo a su vino.

―Magnífico ―pronunció su muletilla separando las sílabas―. Yo soy un humilde oportunista, mi campo es el deporte, tengo buen ojo para las personas con talentos, ¿sabe a lo que refiero? ―preguntó sin dejarle contestar―. No sé de vinos o plantas, pero sé ganar dinero con la pelota. ―Echó una carcajada, palpándole la espalda a Ash, casi le tumba el vino de la copa―. ¿Cómo hace eso del swirl? Necesito aprender eso para presumir, ¿sabe a lo que me refiero? ―Arrojó otra carcajada.

Se notaba a leguas que el vocabulario del sujeto canoso no era muy amplio. Al detallarlo más, Ash analizaba la vestimenta de su compañero parlanchín, llevaba un traje gris muy claro, ―casi plomo―, con la camisa blanca abierta presumiendo su cadena de oro, al igual que los brillantes anillos y reloj que brillaban con destellos dorados, al igual que hacía su copa de vino antes de iniciar la conversación. La clase de persona con la que Ash Baobab no acostumbraba a entablar una conversación, ―pero dada la ocasión―, era justo el tipo de persona que lo hacía pasar desapercibido ante los demás invitados. Por lo que procedió amablemente a explicarle cómo agitar con grácil sutileza, el vino en su copa con un experto swirl cual sommelier.

―Venga. ―Le indicó Ash, dando un par de pasos hacía la mesa de bebidas, tomó una copa vacía sirviéndole un poco de vino tinto― Nunca llene la copa más de un tercio, si le gusta mucho el vino, máximo a la mitad; es el suficiente espacio para agitar y crear remolinos sin que se desborde.

El hombre asintió siguiendo las instrucciones. Cuando fue a coger la copa, Ash le puso la mano en la muñeca, guiándolo a sostener la copa de la manera correcta.

―La copa se sostiene desde el tallo y la base de esta manera. ―Hizo una leve demostración―. Nunca las manos en el cáliz, el vino se calienta, las huellas dactilares contaminan el vidrio y el vino pierde facultades. Es una falta de respeto para quién se esforzó tanto en idear y fermentar la fórmula. ―Y siguió hablando con el sujeto.

De entre la multitud se aproximó una hermosísima mujer, robaba suspiros atrayendo miradas como una fuerza magnética inalcanzable. Una hermosa mujer de piel morena y rizos largos color café, una mirada de un miel ambarino y labios gruesos muy atractivos. Tenía una figura espectacular, que resaltaba su provocador vestido blanco con lentejuelas, notándosele un vigoroso embarazo de unos cuatro o cinco meses.

―Pensé que no querías llamar la atención, cariño ―mencionó la mujer, tomando a Ash de la mano.

El sujeto canoso quedó de boca abierta al contemplar tal ejemplar de mujer frente a él.

―¿Cómo podría pasar desapercibido con una esposa como tú? ―añadió Ash, sosteniéndola por la cintura para darle un corto beso en los labios.

―Imposible diría yo ―agregó el sujeto, casi ahogándose con el sorbo de vino que había dado―. Disculpe por abordar a su esposo, madame. No sabía que no querían llamar la atención ―correspondió, ofreciéndole la mano a la dama.

Ash notó que la aptitud del tipo había cambiado al ver a su esposa, su tono de habla se convirtió en un intento, ―bastante bueno―, de un caballero de alta socialité.

―Ah, no se preocupe. ―Ofreció la mano de vuelta―. A mi Ash le encanta hablar de vinos, tener un viñedo es su sueño frustrado. Después de tener a nuestro ponquecito ―dijo sobando su vientre―. Quizá podríamos pensar en ese viñedo. ―Arrojó una hermosísima mirada a su esposo, con unos dientes blancos y cristalinos.

―Espero probar sus vinos algún día. Un placer, Ernest Fontana a su servicio, ¿madame…? ―dejó la pregunta en el aire al presentarse.

―Hickory ―pronunció con orgullosa soberbia, su esposo giró los ojos, no quería que revelara su identidad―. Lady Sabbatia Hickory ―aclaró, moviendo su mano para peinarse un rulo que le había caído en el ojo derecho.

―Hickory…―pronunció también el señor Ernets, de nuevo con la boca abierta.

Hubo un silencio en la sala, las miradas buscaron el origen del apellido pronunciado, era imposible no deducir que aquella espectacular mujer pertenecía a la familia más famosa del mundo, la Sociedad de las Rosas: los Hickory.

Desde su bolsillo trasero, Ash sacó un pañuelo para secarse el sudor de la frente, su “disfraz” en la gala había sido desenmascarado. Sabbatia entendió la mirada de su marido, ―le dio un ataque de risa―. Haciendo alarde de su belleza y las miradas sobre ella, hizo un sensual giro con sus tacones para luego tomar a Ash por el brazo.

―Te descubrieron, que no se te suba el humo a la cabeza ―le susurró al oído.

―Es un honor, madame… ―decía el señor Ernets, con unos ojos brillosos como los de un niño enamorado de su maestra.

De pronto la música se detuvo, las luces atenuaron en la sala; otros focos de un opaco, ―pero ilustre―, color champagne iluminaron el vestíbulo frontal adornado con unas enormes y gruesas cortinas rojas.

Los murmullos cesaron, el silencio sepulcral dominó la sala a la espera del invitado especial de la gala. Incluso el señor Ernest se había olvidado de la hermosa presencia de Sabbatia.

―Es increíble la suerte que tienes, cariño ―mencionó Sabbatia a su esposo―. Salvado por el evento principal. ―Giró la mirada con una irónica sonrisa llena de sarcasmo, entrelazando sus dedos en la mano de Ash.

PARTE II

Las gruesas cortinas se corrieron con una sutil elevación, cuatro guardaespaldas, ―que parecían enormes gorilas―, rodearon a la invitada, evitando que los más curiosos y extremos fanáticos se acercaran con ciega emoción u otras intenciones.

A pesar de que Ash era un hombre alto, no podía distinguir a través de la multitud y los guardaespaldas. Una íntima y absorta curiosidad lo invadió de sobremanera; la persona que todos venían a ver estaba allí, la sobreviviente más famosa del Rosimbris, la madre de su esposa Sabbatia.

Los parlantes anunciaron su entrada:

―Damas y caballeros, reciban con grato reconocimiento y cordial aplauso a madame Hazel Hickory, conocida por todos como…¡Lady Wood! ―Resonó en los parlantes.

Los flashes de las cámaras casi cegaron a Ash al tratar de distinguir la silueta de su suegra. Los aplausos, vocerío de admiración y felicidad retumbaban en la sala. Lady Wood parecía una estrella de cine, recibida con tanto amor y devoción que hasta a Ash le daba escalofrío. Miró el anillo de compromiso en su mano, esa misma sensación de escalofrío le puso nervioso, concibiendo que ahora pertenecía a la familia más famosa del mundo, formando parte de la conocida: Sociedad de las Rosas.

A pesar de que Lady Wood era una figura pública se conocía que era una misteriosa mujer de negocios que casi nunca tenía apariciones en medios de comunicación, redes sociales y otros medios. Su enigmático velo le daba cierto aire de diosa, un ser inalcanzable para muchos, ―que a pesar de eso―, había tenido seis hijos de diferentes hombres.

Tanto era el misterio detrás del apodo de Lady Wood, que ni el mismo Ash, ―casado durante ya doce años con Sabbatia―, había tenido la oportunidad de conocer a su suegra en persona. Frente a la multitud, cuando los aplausos y flashes de las cámaras cesaban, la muchedumbre se apartó dando paso al sutil caminar de la dama que se aproximaba a saludar a su hija. Fue en ese momento, cuando por fin Ash entendió por qué a madame Hazel Hickory le apodaban Lady Wood.

―Sabby querida, te ves espléndida con ese vestido ―mencionó madame Hazel Hickory―. El embarazo te sienta bien. ―Detalló tocando sutilmente el vientre de su hija.

Si Ash hubiese tenido la copa de vino en su mano en ese momento de seguro se le habría resbalado por la sorpresa, ―o más bien por el miedo―. Todo sonido enmudeció en su cabeza, una mezcla de nerviosismo y temor se apoderó de Ash. Le hizo sudar frío y le temblaron las manos.

¿Por qué todos actuaban de manera tan natural en presencia de Lady Wood? ¿Es qué nadie notaba nada extraño? Era evidente que Ash había visto fotografías de su suegra, Sabbatia se las había mostrado, recuerdos de la niñez compartiendo con su madre y sus hermanos… ¿Es qué no había notado antes ese aterrador detalle en ella? ¿Cómo era posible?

―Madre… ―pronunció Sabbatia, tomando de la mano a Ash para presentarlo.

Él seguía absorto de su realidad, fue la voz de Lady Wood la que lo trajo de vuelta.

―¿Qué tenemos aquí? El apuesto farmacéutico padre de mi próximo nieto ―acotó madame Hazel Hickory―. Deseaba mucho conocerte. ―Levantó sutilmente su mano en revés para su nuero.

Ash miró la anciana mano de su suegra, a pesar de tener 71 años su piel no parecía envejecer del todo, un hermoso guante, ―de un color salmón―, cubría su mano.

―¿Ash, cariño? ―preguntó Sabbatia, aterrizando a su esposo de nuevo a la realidad.

La mano de Ash tembló al tomar la mano de su suegra para besar el reverso, su temor le obligó a hacer el gesto como un reflejo, se sintió como un vil campesino besando la mano de una aterradora y cruel reina.

―El placer es mío, Lady Wo… Madame Hickory. ―Se corrigió con suma vergüenza al subir la mirada.

―El placer es mío. ―Inclinó levemente la cabeza, acercándosele a Ash para susurrarle algo al oído―. Te has dado cuenta, me impresionas ―dijo, soltando la mano de Ash.

Lady Wood le sonrió, despidiéndose para hablar con otro conocido.

Una gota fría le recorrió la frente a Ash, deslizándose hasta su barbilla. Su esposa se percató del delirio de su marido, también sonrió y fijó la mirada en él esperando una respuesta o una próxima reacción.

La vista de Ash no se despegaba de la figura enigmática de Lady Wood. ¿Cómo es qué no se había percatado antes de su…? ¿Condición?

En sus estudios de medicina y farmacéutica, Ash había conocido una extraña enfermedad: la hiperqueratosis severa. Una condición genética rara, causa que la piel del padecido se engruese, ―seca y escamosa―, a menudo con un aspecto similar a escamas de pescado o incluso placas duras como tejas en casos severos. Estas condiciones implicaban un engrosamiento masivo de la capa córnea, la capa más externa de la piel, ―rica en queratina―, el mismo material de las uñas.

Sin embargo, el físico de Lady Wood daba honor a su nombre. Su aspecto no era un caso de hiperqueratosis severa, aquella misteriosa mujer era literalmente un árbol andante. Su rostro se había convertido en una gruesa capa como un tronco, ―con textura corrugada―, que incluso la ausencia de su cabello era reemplazada por ramas donde florecía unas hermosas hojas.

¿Por qué nadie notaba la hermosa monstruosidad en su rostro? Por las palabras de su suegra, era evidente que solo él, ―por alguna razón desconocida―, reconocía el verdadero rostro de madera.

Lo más aterrador no era el hecho de su misterioso rostro de naturaleza, el cuál las propias ramas habían cubierto sus ojos y otros rasgos, dejando solo sus gruesos labios para hablar. Mirarla daba escalofríos, una magia oscura y misteriosa rodeaba su halo, para Ash su presencia era un mal agüero igual que un espeluznante presentimiento de que algo aterrador ocurriría pronto.

―Cariño. ―Sabbatia interrumpió los pensamientos de su marido―. Sabía que eras especial, lo notaste a primera vista. ―Ash la miró anonadado―. Cuando estemos a solas con mamá sabrás el por qué de todo. ―Le dio un sonoro beso en la mejilla y caminó igual que su madre para saludar a alguien más.

Sus otros hermanos comenzaban a llegar a la celebración.

PARTE III

En el escenario, Lady Wood tocó con sus gruesas uñas la copa de champagne con un tintineo, dando pie a su discurso.

―Hace exactamente sesenta años, el mundo se detuvo para nosotros. ―Madame Hazel Hickory comenzaba su hablar―. Yo solo tenía once años y ese accidente no solo marcó mi cuerpo, sino que trazó una línea divisoria en mi vida: el antes y el después. ―Se tocó el rostro, ese gesto fue sólo evidente para sus hijos y para Ash―. Por mucho tiempo vi mi reflejo en los espejos y en todos los fallecidos, como mis padres, como una herida que no terminaba de sanar. Pero hoy, he llegado, hemos llegado a nuestro Kanreki. ―Hizo un esfuerzo más profundo al pronunciar la palabra―. En la cultura japonesa, cumplir sesenta años no es solo envejecer; es completar un ciclo de vida, un renacimiento. ―Todos los invitados aplaudían eufóricos―. La Sociedad de las Rosas ha procurado transformar el carbón de aquel trauma en algo que hoy brilla con tanta fuerza como este Aniversario de Diamante. El diamante no es precioso por su pureza, sino por la presión que fue capaz de soportar para ser hermoso. La Sociedad de las Rosas y yo, esperamos que en este aniversario se forjan alianzas, formen amistades, y quién sabe, quizá hasta conozcan al amor de su vida. ―Los presentes rieron―. Juntos seguiremos construyendo un mundo mejor, tengamos fe en nuestro futuro ―culminó, alzando su copa con champagne.

Después del majestuoso brindis, bailes y muchas conversaciones de las cuales se concretaron conexiones y negocios, llegaba la hora de que Ash conociera a su suegra.

La velada continuaba en el salón, la música seguía, había bebida y comida de sobra para toda la noche.

Ash estaba nervioso, apenas y pudo bailar un par de piezas con su esposa. Lo que más esperaba esa noche, un sueño empresarial conociendo a la mujer de negocios más famosa del mundo, se convertía en una escalofriante pesadilla. Contaba los minutos desesperadamente sintiendo un terror en el pecho como si fuera un niño esperando a que un monstruo lo visitara en su alcoba.

Desde uno de los balcones, un guardia de seguridad hizo señas a Sabbatia, la audiencia con Lady Wood era ahora. Su mujer lo tomó del brazo guiándolo por las escaleras, lo notó nervioso y le limpió el sudor de la frente.

Los guardias de seguridad revisaron de pies a cabeza a Ash, ―incluso a Sabbatia―, a Ash le molestó, no podía creer que no confiaran en la hija de Lady Wood.

Finalmente, la enorme puerta frente a él se abrió con un sonoro empuje destrabando la cerradura. Del otro lado había una habitación enorme y circular, con gruesas cortinas rojas y una alfombra del mismo color. Los muebles y decoración resplandecían de un dorado ostentoso, ―y al mismo tiempo―, intimidante.

Cuando dieron un paso, un pequeño niño, ―de unos ocho años―, corrió casi tropezándose con las piernas de Ash.

―¡Ailant! ―reclamó Sabbatia, el niño volteó apenado―. ¿Qué no vas a saludar a tu tía? ―objetó, sobándole los cachetes al chiquillo.

Al niño no le dio tiempo de subir la mirada cuando su madre lo cogió en brazos para alzarlo. Ash detalló a la mujer, ―su cuñada también era una mujer hermosa―, pero ciertamente no parecía hermana de Sabbatia.

―Cariño, ella es mi hermana Rhus y el pequeño travieso de Ailant. ―Sabbatia los presentó, acariciando de nuevo a su sobrino.

Rhus no era tan alta como Sabbatia, su piel era muy clara resaltando una hermosísima cabellera en rulos, de un color cobrizo muy brillante que jamás había visto en su vida, las propias luces del salón reflejaban destellos dorados en su hebras. El pequeño Ailant era una copia exacta de su madre, ―de hecho―, parecía una niña de no ser por su cabello corto.

―Ah es tu esposo, un placer, señor Ash. Mi madre lo está esperando, me llevó al niño para que no los moleste ―mencionó Rhus con una grácil soltura en su habla, su presencia daba una alegría muy grata.

―Muchas gracias, el placer es mío. Y por favor, ya somos familia, llámame solo Ash. ―Estrechó el saludo con ambas manos, ofreciéndole el mismo acto de gratitud que solo ella había dado con una sonrisa.

―Ay, que amable. No se parece en nada a mí marido. ―Echó una risotada contagiosa y terminó por despedirse.

―Rhus es todo un personaje ―comentó Sabbatia―. Tan espontánea y alegre. Sabes, yo siempre he tenido un buen cuerpo, los hombres no me quitan la mirada de encima, pero, ¿Rhus? Ni te imaginas la cantidad de parejas que ha tenido, hombres y mujeres por igual. Me sorprende que solo tenga un hijo, sabe cuidarse ―narraba para calmar la ansiedad de su esposo, entre tanto entraban a la habitación.

Al pasar a través del umbral, la luz de las lámparas le dieron de lleno en la calva. Por instinto, ―o quizá por miedo―, bajó la mirada tratando de esquivar la presencia de su suegra. Ash escuchaba los murmullos de su esposa hablando con alguien más.

―¿Quieres una copa, amigo Ash? ―preguntó la gruesa y áspera voz de un hombre.

Ash asintió por inercia tomando la copa de vino que le ofrecía el nombre. Ya lo conocía, era el único familiar de Sabbatia que había conocido en persona por casualidad, durante un viaje que habían hecho a Grecia, se lo habían topado por casualidad en una playa. Otro de los misteriosos hermanos miembros de la Sociedad de las Rosas.

Oleander Hickory, probablemente el miembro de la familia más famoso después de Lady Wood. Un magnate multimillonario dueño de muchos casinos alrededor del mundo, polémico en otro sentido por fundar recientemente un banco y ser un idolatrado mujeriego. Era de esperar, Oleander parecía un adonis, un sujeto tan alto como Ash, ―incluso más―, con la contextura y apariencia de un vikingo: fornido, pero delgado, rubio, ―casi de color blanco―, una barba gruesa y atractiva que perfilaba su quijada cuadrada, con una personalidad escandalosa que atraía, embelesado a cualquier persona que lo escuchase.

―Vino de Porto ―mencionó Oleander―. Asumo que ya lo probaste. ―Y echó una carcajada estruendosa también.

La risa fue silenciada al instante cuando los presentes sintieron la penetrante y paralizante mirada de Lady Wood, que se encontraba hablando por teléfono, sentada detrás de un lujoso escritorio dorado.

El aterrador escalofrío congeló a Ash, como si hubiese mirado directamente a los ojos de la gorgona. Sorbió el vino, ―sin siquiera agitar la copa―, ni se tomó la molestia de saborearlo.

Del otro lado de la habitación, un sujeto se levantó de un sofá acercándose a saludar. Hombre alto, ―no tanto como Oleander―, pero sí el doble de fornido, con la piel de un color ceniza muy oscuro, un corto bigote y el cabello largo como un indio americano, vestido de un traje color crema claro, les habló.

―No interrumpan a mamá, es una llamada de negocios ―advirtió el hombre en su susurro.

Al mismo tiempo le ofreció su mano a Ash, su apretón fue tan fuerte que intimidó.

―Mucho gusto, Ash. Soy Taxus, el mayor de los Hickory. ―Se presentó, haciendo un gesto con la mano, dirigiéndolos al sofá más alejado de Lady Wood.

―No hace falta, Tax. Ya culminé ―mencionó madame Hazel Hickory al verlos alejarse―. Siéntense cerca de mí. Y Oly, querido, sírveme también una copa, por favor ―agregó como toda una matrona.

Con el corazón palpitando a mil, Ash se aproximó con los demás, movió una de las sillas del escritorio para ofrecerla a su esposa y luego se sentó él a su derecha.

Taxus permaneció de pie detrás de su madre, encendiendo un habano, ―su olor era intenso―, pero agradable. Por otro lado, Oleander sirvió más copas de vino y terminó por sentarse en el sofá donde había estado sentado su hermano Taxus.

Hubo segundos de agonizante silencio para Ash, solo escuchaba el sorber de Lady Wood, tragándose el vino con aquellos gruesos labios en su monstruoso rostro, el único rasgo humano que todavía quedaba en su cara.

―Ash, ¿la velada está siendo de tu agrado? ―preguntó madame Hazel Hickory.

―Sí, madame… El vino está muy bueno ―mencionó con nerviosismo.

―Por favor, Ash. Estamos en confianza, puedes llamarme por mí nombre… ―dijo con agradable tono―. Además… ya has visto mi verdadero rostro ―mencionó con perspicacia.

En ese instante, Taxus dejó de fumar y se ahogó con un tosido. A Oleander casi se le cae la copa que llevaba en las manos.

―¿Él te ha visto, madre? ¿Te ve ahora? ―preguntó Taxus, tocando el hombro de su madre, sin despegar la mirada en Ash.

―¿Te sorprende, Tax? No es raro que algunas personas tengan una visión… especial, ¿verdad? ―dijo madame Hazel Hickory, tocando también la mano de su hijo mayor.

―Yo soy la que tiene buen ojo. Escogí bien a mi esposo ―agregó Sabbatia, amenizando la conversación.

Ash seguía sin pronunciar palabra alguna, tampoco había tomado nada de su copa.

―Tú… ―pronunció Taxus, sonaba amenazante―. ¿Qué ves? ―preguntó, señalando a su madre con la mirada.

―Taxus, no seas grosero. Ash es nuestro invitado de honor, ya te lo había explicado. ―El tono a regañadientes paralizó al intimidante de Taxus.

El fornido sujeto bajó la mirada como un pobre niño regañado. Asintió, ocultándose detrás de la silla de su madre.

―Perdona a mi hijo Taxus, es mi primer retoño y lo mimé mucho. Un adulto dueño de una importante compañía de exportación no debería comportarse de esa manera, ¿no lo crees, Ash? ―Le arrojó una mirada.

―No… no me corresponde opinar ―soltó Ash, sin pensarlo mucho.

―¿Sin opiniones? ―cuestionó madame Hazel Hickory―. ¿Entonces de qué hablaremos esta noche, querido? Me interesan mucho tus opiniones, Sabby ha hablado maravillas de ti ―agregó la señora elocuentemente.

Ash miró a su mujer de soslayo, ella le devolvió una hermosa sonrisa que lo inspiraba a conversar.

―Emm… ¿Tiene un tema en particular del que quiera hablar? ―preguntó Ash con vergüenza.

Los labios gruesos de Lady Wood se curvaron en una aterradora sonrisa que la satisfacía. Esa expresión heló del miedo a Ash, percibió que pronto las ramas de esa monstruosa mujer lo envolverían en preguntas que quizá no sabría responder.

―Oh sí, hay muchos temas. Pero… ―Hizo una breve pausa―. Comencemos por lo más obvio: mi aspecto. ―Se señaló el rostro con ambas manos, orgullosa de su horrible belleza―. A lo largo de mi vida, he conocido un número muy reducido y escaso de personas que han desvelado el verdadero ser que mi rostro resguarda. ―Se tocó las mejillas, raspando la madera de su piel―. Eres muy especial Ash, tengo mucho interés en ti y en el futuro de esta familia, y por supuesto de mi futuro nieto y mi hija Sabbatia.

Lady Wood destapó una gaveta del escritorio sacando una pequeña y rectangular cajita dorada para posarla frente a Ash. Con suma delicadeza, destrabó los seguros a los costados con un bonito sonido burbujeante, ―que sonaba costoso―, giró la caja ante los ojos de su yerno.

Con la mirada atenta, ―y cautelosa por el miedo―, Ash observó la caja. Una pieza dorada hermosa, alfombrada en rojo por dentro, depositaba un despampanante anillo, ―más dorado y brillante que la caja―, con una gema oscura en medio.

―Ash Baobad, bienvenido a la Sociedad de las Rosas ―pronunció madame Hazel Hickory con orgullosa entonación.

―Felicidades, cariño ―dijo Sabbatia, acariciando la mano de su esposo con emoción.

―Enhorabuena ―dijo Oleander desde su sillón, levantando la copa.

―Felicitaciones ―pronunció Taxus, enseñando su puño con el mismo anillo.

No supo qué decir, una sonrisa con pena se asomó en sus labios y sin pensarlo dos veces, ―para no ser irrespetuoso―, cogió el anillo observándolo con más detalle. En el interior de la gema oscura, se escondía un hermoso y aterrador detalle, ―tanto como la misma Lady Wood―. Probablemente fabricado en porcelana, un pétalo de rosa, con bordes dorados y una maquiavélica mancha en forma de calavera en medio, reposaba envuelto en el cristal oscuro del anillo, resaltando su forma y diseño como un alma perdida atrapada en un abismo eterno.

―Es una Thanatorosea Necromácula ―pronunció Ash.

―Precisamente ―dijo madame Hazel Hickory―. El motivo por el que nos reunimos hoy ―agregó, juntando las manos con una enorme sonrisa.

Esa afirmación despertó a Ash, le sonó un tanto extraña a pesar de estar celebrando el Rosimbris esa noche. Sabbatia deslizaba con sutil sensualidad el anillo dorado en el dedo medio de su esposo.

―Hace 60 años, cuando la mitad de la población mundial del planeta desapareció por esos pétalos de rosas, yo nací de nuevo ―mencionó la anciana―. Los sobrevivientes tuvieron la suerte de no toparse con los pétalos que caían del cielo. No sé si llamarlo suerte, porque ese día mis padres murieron con el resto, pero cuando uno de esos pétalos se posó en mi rostro, el destino quiso que no muriese… ―Hizo una dramática pausa recordando a su madre―. Quizá fue una intervención divina la que me salvó, un milagro inexplicable… o un falló genético en la ciencia… ¿Podrías explicarnos mejor qué hicieron los pétalos aquel fatídico día, Ash? ―solicitó Hazel.

Los hermanos cruzaron miradas esperando la respuesta del bioquímico farmacólogo especializado en etnobotánica.

PARTE IV

En ese instante, Ash rememoró sus estudios con la Thanatorosea Necromácula.

Para aquel trágico año, cuando casi la mitad de la humanidad había fallecido, los estudios sobre los pétalos no fueron desarrollados como se debían. El pánico masivo había aislado la humanidad, las grandes potencias científicas y médicas, no daban a pie a una investigación profesional, tenían miedo.

Siete años después del Rosimbris, nacería Ash Baobab, el futuro fundador de Baobab Health & Allergies Labs.

Posterior a sus años universitarios, Ash reunió un grupo selecto de médicos y botánicos excepcionales, que con un arduo trabajo, ―y con contactos de índole ilegal, lamentablemente―, consiguieron un ejemplar de la Thanatorosea Necromácula, criogenizada para futuros estudios.

Uno de los rasgos más raros de los pétalos malditos había sido su rápida descomposición después del Rosimbris. Igual que los fallecidos, los pétalos luego de varias horas de su aparición presentaban una corrosión arenosa, deshaciéndose aún más rápido que los cuerpos de los fallecidos.

Milagrosamente, el pétalo no solo había sobrevivido a la descomposición natural, en aquel envase de criogenización había florecido, se había convertido en una magnífica flor congelada, como si el tiempo hubiese querido detener progreso con el hielo, pero su oscura magia enigmática la hacía crecer a la fuerza.

En previas investigaciones se deducía que la Thanatorosea Necromácula, era una variante lejana de la Cicuta Maculata, ―conocida como la Cicuta de Agua―. Históricamente conocida por ser la planta con la que supuestamente envenenaron al célebre filósofo Sócrates. La Cicuta presentaba similitudes con las rosas del Rosimbris, por su rápida acción. Sus toxinas afectaban el sistema nervioso central, provocando convulsiones violentas que podían llevar a la asfixia y al paro cardiorrespiratorio en un lapso de tiempo relativamente corto después de la ingestión.

En base a eso, el equipo de Ash diseccionó la Thanatorosea Necromácula, desentrañando sus mortales misterios.

Durante una importante reunión con varios médicos y científicos, Ash junto a su compañero Thusio, ―un experto botánico forense―, expusieron la investigación ante la delegación que en el futuro le daría a Ash la posibilidad de fundar su compañía.

Cuando encendieron el proyector, los presentes de la delegación científica y médica, divisaron en la pared la imagen desollada de la rosa maldita.

―Al analizar los pétalos la Necro Rosa, como la hemos denominado provisionalmente, encontramos una estructura celular inusual en la superficie. ―Señaló Ash en la imagen con un láser rojo que tenía en la mano―. Estas estructuras parecen liberar una neurotoxina compleja al menor contacto con la humedad o la piel ―explicó con el gráfico que resaltaba las partículas del pétalo.

La imagen del proyecto cambió mostrando una flor diferente, ―muy hermosa también―, con una estructura totalmente opuesta. Su forma recordaba a los dientes de león con muchas ramificaciones y pequeñísimos pétalos blancos.

―La flor que ven en pantalla es la cicuta de agua común ―intervino Thusio―. Cuyo principal tóxico es la cicutoxina que actúa sobre el sistema nervioso central provocando convulsiones. Sin embargo, esta nueva toxina de la Necro Rosa, muy similar, parece tener una afinidad mucho mayor por los canales iónicos de las membranas neuronales y musculares.

Uno de los presentes levantó la mano para intervenir.

―Este acontecimiento sucedió hace más de cuarenta años, caballeros. La investigación parece legítima, ¿cómo han podido investigar el proceso de infestación en tiempo real? La documentación del Rosimbris es excesivamente escasa, por no decir casi nula ―preguntó con cierta preocupación.

Thusio quiso explicar, un sudor frío le recorrió el rostro. Ash asintió para él e intervino dando una explicación.

―No estamos orgullosos de nuestro método de prueba, pero contamos con la colaboración de la prisión Qalat Al-Samt en Arabia Saudita para… ―Ash fue interrumpido por otro hombre en la sala.

―La experimentación científica en personas condenadas a muerte es una violación de los derechos humanos y la ética médica. No debería reconocerse legalmente en ningún país como un método de ejecución oficial ―mencionó el sujeto, dejando un aire incómodo de desaprobación.

―Lo sabemos, señor Anderson. Pero debido a la gravedad del asunto y el miedo que todo el planeta siente esperando que ningún otro Rosimbris suceda de nuevo… Tuvimos que recurrir a estos métodos para investigar y tratar de desarrollar una cura o una vacuna ―explicó Ash con mucha calma―. Sé que esta reunión no es para discutir violación de derechos humanos, pero si gusta puede hablar con nuestros abogados y revisar con ellos la aprobación que tuvimos por parte de la ONU, quienes nos proporcionaron los contactos con la única prisión que aceptó estos términos ―expuso Ash, intentando culminar esa intervención.

El sujeto se tragó sus palabras y cedió la palabra.

―No me corresponde revisar ese tema… Continúen, por favor. ―No parecía muy convencido, y tomó asiento de mala gana.

Thusio cambió la lámina de presentación, enseñando un dibujo de la estructura humana con los músculos expuestos, señalando las capas de la piel, los nervios y cómo la planta afectaba el cuerpo humano.

―Observamos una despolarización masiva e incontrolada de las células nerviosas casi instantánea en cada pétalo. ―Ash siguió desarrollando la exposición―. Esto explicaría la parálisis fulminante que se reportó en la víctima. Los estudios in vitro sugieren que la toxina se une irreversiblemente a los receptores de sodio y potasio. ―Hizo una pausa observando a sus espectadores―. En pocas palabras, bloquea la transmisión de los impulsos nerviosos. Es como si el sistema eléctrico del cuerpo entrara en un cortocircuito de golpe, el cual desencadena una descomposición masiva de las cédulas del cuerpo al punto de desbordamiento. ―Culminó su explicación.

La lámina cambió, detallando fotografías nanoscópicas de la Necro Rosa.

―Además, hemos identificado compuestos que no se encuentran en la cicuta de agua. ―Adicionó Thusio―. Moléculas que parecen potenciar la absorción de la neurotoxina a través de la piel y las mucosas, acelerando drásticamente el inicio de los síntomas. La presencia de ciertos alcaloides sugiere una posible hibridación o manipulación genética a un nivel que aún no comprendemos, lo que explicaría la virulencia y la rapidez de acción sin precedentes. ―Mostraba otro gráfico que indicaba su rápida proliferación.

Varios de los presentes se pusieron de pie, unos sorprendidos y otros con una mirada decepcionada.

―¿Están diciendo que hubo intervención humana en el Rosimbris? ―preguntó uno de los científicos.

―Una manipulación genética a ese nivel no tendría otra explicación. Los rumores eran ciertos… ―agregó otro sujeto en la sala.

Los presentes comenzaron a discutir entre ellos, hablando e intercambiando ideas sobre el tema. ¡Ash Baobab lo había logrado!

PARTE V

Luego de un largo pestañeo, Ash volvió a la realidad. El recuerdo de aquella exposición se había mezclado con sus palabras al explicarles a Lady Wood y a sus hijos la terrible función de la Necro Rosa.

―No entendí una mierda, pero me parece fascinante ―mencionó Oleander, al menear su copa de vino.

Su madre le arrojó una mirada cortante.

―¿Crees que fue una especie de desastre natural de origen desconocido o… la intervención humana es evidente? ―preguntó madame Hazel Hickory.

―Eso es algo que hoy en día no hemos podido descifrar, no es posible viajar en el tiempo, o presenciar otro Rosimbris ―dimensionó Ash, tratando de culminar la conversación.

Extrañamente los hermanos intercambiaron miradas sospechosas.

―Ash, debo confesar que sé la respuesta ―manifestó madame Hazel Hickory, sorprendiendo de sobre manera a su yerno―. Intervención divina y humana por igual. ―Junto ambas manos, explicando la símil―. Siendo testigo de mi apariencia, ¿ha cruzado por tu mente que un hecho sobrenatural está presente en esas rosas? No existe aval científico que explique mi persona ―aceptó con una hermosa y a la vez macabra sonrisa.

Su hijo Taxus se aproximó a su madre y le tomó de la mano.

―Mi difunto padre era el único conocido hasta ahora con la capacidad de ver a mi madre tal y como es. Un dermatólogo, fundador de muchas clínicas de prestigio y nunca pudo dar una respuesta adecuada al origen del aspecto de mi madre ―mencionó con cierto orgullo.

―El único en verla bien, a excepción de todos nosotros, por supuesto ―agregó Sabbatia con soltura.

Ash apretó los labios, no sabía que responder exactamente y formuló una pregunta que no sabía si resultaría ofensiva.

―Y… ¿Qué es usted, Hazel? ―cuestionó nervioso.

La risotada de la mujer resonó en el salón. Fue la única vez que Ash vio gesticular una especie de sonrisa en el severo rostro de Taxus. Sabbatia y Oleander también rieron.

―Muy buena pregunta, Ash ―admitió madame Hazel Hickory―. La respuesta es sencilla, soy Lady Wood. La mujer más codiciada e importante del último siglo, el fenómeno vivo más aterrador y fascinante que jamás existió. Soy la hija del Rosimbris ―enumeró con elocuente destreza.

Sus hijos la aplaudieron con suavidad.

―Mamá está jugando contigo, cariño ―expresó Sabbatia sobándose el brazo.

―Solo espero una respuesta honesta ―respondió Ash después de un suspiro.

Taxus frunció el ceño y golpeó el escritorio.

―¿Llamas a mi madre mentirosa? Lady Wood es todo lo que dice ser, un ícono, ¡Un milagro! ―gritó escupiendo.

―¡Taxus! ―Madame Hazel Hickory gritó de vuelta.

Taxus se paralizó, como si una terrible poción le hubiese envenenado la sangre. Sus ojos tambalearon, sus rodillas flaquearon. El grito de su madre había sido dirigido enteramente hacia él, como el de una bestia intimidando a su presa.

―Aprecio que me defiendas, pero no tolero que alces la voz en mi presencia. Y menos ante un invitado tan importante como Ash, el esposo de tu hermana ―regañó con serena autoría.

―Un miembro de la familia ―ratificó Sabbatia a su hermano.

―Y de la Sociedad de las Rosas ―agregó Oleander.

El hermano mayor sudó a cántaros, le apenaba ser regañado por su madre frente a sus hermanos, ―y más ante un desconocido―. Taxus desvió la mirada al suelo retrocediendo detrás de su madre como un cachorrito.

―Les ruego que me disculpen ―dijo Taxus, en un tono bajo―. Cuida tus palabras, Ash. ―Subió la voz al pronunciar el nombre―. No por nada mi madre te ha elegido ―susurró para sí mismo.

Pese al tono bajo, Ash lo percibió, era la intención intimidante de Taxus.

―Entiendo que no tengan mi total confianza. Estoy aquí porque amo a Sabbatia y si ella confía en mí. Como hermano de la Sociedad de la Rosa, espero algún día ganarme la suya. ―Asintió con suma amabilidad y una sonrisa fingida.

Lady wood lo aplaudió.

―Eres un gran hombre. Me enorgullece que aceptaras a mi Sabby. ―Le tomó de las manos como una cariñosa abuela―. Pero antes de explicarte qué soy, quiero preguntarte una cosa… ¿Me temes? ―cuestionó dibujando su característica y aterradora sonrisa perfecta.

A Ash le temblaron las manos, Lady Wood las apretujó esperando una respuesta sincera.

―Mentiría si dijera que no… ―confesó, temblándole los ojos―. Sin ofender, pero su apariencia es inquietante, verla en persona es muy diferente a verla en video o en fotografías ―describía.

―Como dice el dicho, no es lo mismo escuchar del diablo que verlo de frente ―comentó Oleander.

―Olly no interrumpas ―comentó su madre, como un cariñoso regaño.

―Su presencia es imponente, respetable, pero a veces aterradora, hermosa y mortal… como una Necro Rosa. ―Ash la describió como si siguiera una orden de Lady Wood.

―Como una Necro Rosa… ―repitió madame Hazel Hickory―. Exactamente. ―Volvió a sonreír soltando las manos de Ash―. Fui la única persona en el mundo que sobrevivió a la Necro Rosa, fui elegida, más bien bautizada por las rosas. Ese día no morí, pero cuando desperté y me vi al espejo lloré como si hubiese muerto. Porque, aunque fuese una pequeña, sabía lo que acarrearía en mi vida con este espantoso rostro… ―Se tocó los pómulos de madera―. Para mi sorpresa, el halo sobrenatural del mismo Rosimbris seguía envolviendo mi aura. ¿Has leído los testimonios de quienes presenciaron el Rosimbris desde sus casas? ¿Cómo describen la lluvia y el cielo? ―preguntó a Ash.

―La lluvia de rosas más hermosa de la historia, el cielo se tiñó de un misterioso color rosa y dorado. Una irónica realidad ―describió, recordando sus investigaciones.

―Esa irónica realidad permaneció en mí. Porque lo que yo pensé que sería una vida de rechazos y discriminación, se convirtió en todo lo contrario ―narró la anciana―. Al principio pensé que la gente me tenía lástima. Cuando fui creciendo me daba cuenta que la gente me escucha con más atención y devoción, que me seguían, hombres y mujeres me adoraban, me amaban y obedecían ciegamente ―dictaba apretando sus manos―. A pesar de que la gente entendía mi horrible rostro, apodándome como Lady Wood, nadie percibía realmente lo que era. Para los demás, esto que ves es una máscara que los embelesa, los hipnotiza, los convierte en borreguitos detrás del pastor. Solo tú y mi primer esposo han sido capaces de ver al lobo detrás de las ovejas ―fulminó con otra sonrisa.

―Es fascinante… y aterrador ―opinó Ash, asintiendo.

―Mi padre solía decir lo mismo ―mencionó Taxus.

Oleander se levantó y le sirvió una copa de champagne a su madre, le indicó que sirviera una para cada quien.

―Me llena de alivio que entiendas mi posición ante el mundo. Yo no pedí este maldito don, pero sé aprovecharlo. Me he codeado de grandes y exitosas personas de todos los ámbitos y rubros, mis hijos han extendido esos mismos lazos familiares sembrando las semillas de la Sociedad de las Rosas. ―Se levantó de la silla con la copa para hacer un brindis.

Todos los demás la imitaron levantándose de los asientos y alzando las copas para el brindis.

―La Sociedad de las Rosas no es una asociación oculta, sé que Baobab Health & Allergies Labs se beneficiará mucho por esta alianza. Espero serles de utilidad ―declaraba Ash.

Las copas chocaron en el brindis.

―Las farmacéuticas y laboratorios son un acierto importante para nuestra organización ―comentaba Taxus―. Pero, ¿en qué nos beneficia Baobab Health & Allergies Labs? ―preguntó con una sarcástica sonrisa.

―Que bueno que lo preguntas, hermanito ―intervino Sabbatia―. Me hubiese gustado que Rhus y los demás estuvieran presentes, pero con el permiso de mamá podríamos revelar… ―Miró a su madre y de vuelta a su esposo.

―Sabbatia, ¿qué estás…? ―Ash se preocupó de sobremanera.

Lady Wood guardó silencio, percibió el nerviosismo de Ash. De igual manera, Taxus con su semblante imponente se dio cuenta que Ash quería ocultar algún tipo de información… Información que muchos medios especulaban que Baobab Health & Allergies Labs resguardaba, pero que Texus quería escuchar desde los labios de su nuevo cuñado.

―Colega. ―Taxus acentuó la palabra para no pronunciar el nombre de Ash, quería dejar en claro su posición superior en la Sociedad de las Rosas―. ¿Tienes alguna idea en dónde te estás metiendo? ¿Las personas que rodean a la asociación y a mi madre? ―cuestionó sin dejarlo hablar―. Somos prácticamente dueños del mundo, influimos en la cultura y la sociedad: las leyes, las fronteras y las políticas económicas. Manipulamos compañías importantes de comunicación y redes para tener acceso a cualquier información oculta. Tenemos control físico y financiero, movimiento del dinero, bienes raíces y materias primas de construcción. Invertimos en avances tecnológicos y de consumo que toda persona usa hoy en día. Y por último, nos adentramos recientemente en el negocio de recursos naturales y no renovables, recursos críticos como petróleo, minería, litio y agua potable… Nosotros…

―¡Ya basta! ―gritó madame Hazel Hickory―. Ash es un nombre inteligente, Taxus. No lo subestimes, su compañía farmacéutica es una de las más importantes del mundo ―argumentó la madre.

―Bro, eres tú el que no está entendiendo ―agregó Oleander―. Nuestro nuevo cuñado, le dará a la Sociedad de las Rosas el poder del control de la medicina y recursos esenciales. La salud, ¿Entiendes? ―Chasqueó los dedos para hacerlo entrar en razón y que su odiosa actitud le abriera la mente―. Dime, ¿qué es más importante que estar sano? ―preguntó con sarcasmo.

Ash no podía creer lo que escuchaba, ―estaba anonadado―, hablaban de él y su compañía como un recurso o un añadido más a sus filas de control mundial. ¿Por qué? ¿Cuál era el verdadero propósito de la Sociedad de las Rosas? ¿Realmente dominar el mundo era su objetivo real? Parecía un sueño surrealista sacado de una película de ficción.

―Disculpen la interrupción. ¿Qué es lo que pretenden que mi compañía haga? La farmacéutica es un negocio como cualquier otro, es evidente que el dinero es una meta en común, pero nuestro propósito es salvar vidas ―argumentó Ash callándolos a todos, su tono de voz había dejado de tener es tenue atisbo de temor, su entonación fue fuerte, gruesa y tajante.

Lady Wood comenzó a aplaudir. Sabbatia se sonrojó tomando a su esposo de la mano, se sentía orgullosa.

―Sabbatia me ha contado sobre los últimos hallazgos del laboratorio y estoy dispuesta a darte la aportación monetaria necesaria para que ese último proyecto se lleve a cabo. No especularemos en gastos ―declaró madame Hazel Hickory, girándose después para sentarse de nuevo frente al escritorio, recogiendo su cartera.

Oleander y Taxus quedaron de bocas abiertas, su madre no salía ser así de confiada y abierta con las personas, ―inclusive con sus amantes―.

―¿A qué se debe esa confianza, Lady Wo… Hazel? ―Ash hizo la pregunta que los hermanos desean formular.

Al destapar su cartera, Lady Wood introdujo su mano sacando lentamente un hermoso y brillante pétalo rosa que aterró a todos los presentes. Con sutil suavidad, lo posó encima del escritorio.

―¿De dónde sacó esa Necro Rosa? ―cuestionó Ash con los ojos muy abiertos.

―Tomen asiento ―solicitó la anciana.

Al principio tuvieron miedo, inclusive sus hijos temían acercarse al aparentemente inofensivo pétalo.

―Iré directo al grano, Ash. ¿Es cierto que Baobab Health & Allergies Labs tiene una cura para esto? ―cuestionó madame Hazel Hickory, deslizando el pétalo muy cerca de Ash.

Con un sudor nervioso, Ash respondió sin dejar de ver el pétalo.

―No lo llamaría una cura, es más bien una vacuna que previene su infestación… Una persona previamente infectada es imposible de salvar. Por lo menos por ahora, el proceso de fallecimiento es demasiado instantáneo para ser curado ―explicó y luego subió la mirada hacia su suegra.

Al mirarla vio una espeluznante sonrisa de satisfacción, era justo la respuesta que Lady Wood necesitaba escuchar, el propósito inicial de toda la parafernalia de la conversación.

PARTE VI

Una ventisca de recuerdos atrapó a Ash de vuelta a las investigaciones de la Thanatorosea Necromácula.

Una vez que encontraron varios carcelarios condenados a muerte, el proceso de infestación con la muestra de la Necro Rosa que había sobrevivido dio inicio.

A pesar de que ya sabían que la infestación era de extrema rapidez, fue inevitable sorprenderse al presenciar en directo una muerte producida por la Necro Rosa.

Al instante en el que el reo hizo contacto con el pétalo, el equipo de Ash, ―que contaba con expertos neuropatólogo y toxicólogo―, no despegaron la vista de la cabina donde reposaba el condenado.

Fue devastadoramente rápido. Al sujeto le produjo una rigidez muscular generalizada, ―casi como una tetania instantánea―. Los electromiogramas mostraron una actividad eléctrica caótica y descontrolada en todos los grupos musculares.

Unos escáneres y cables conectados al sujeto, dispararon análisis y diagnósticos de lo que sucedía en el cuerpo a tiempo real.

A nivel neurológico, la actividad cerebral inicial mostraba una breve descarga masiva, coincidiendo quizás con una sensación de shock o confusión extrema. La mirada del reo se desvaneció, sus pupilas turbias parecían perder la vida y su color. Sin embargo, esa actividad era rápidamente reemplazada por un silencio eléctrico, indicativo de un bloqueo completo de la función neuronal, su cerebro estaba muriendo.

Luego de un aterrador suspiro que le cortó el aliento, el sujeto dejó de respirar. La parálisis afectó de inmediato los músculos respiratorios, llevando a una asfixia mecánica en cuestión de segundos. El sistema cardiovascular también se vio comprometido; la despolarización incontrolada de las fibras musculares cardíacas provocó arritmias ventriculares secas y fatales casi instantáneamente.

En un instante, el sujeto de prueba se había desprendido de su vida, no era más que un cascarón vacío. El equipo médico entró a la habitación equipados con trajes bioquímicos especiales, tratando de extraer muestras de tejido, sangre y líquidos de cualquier tipo, que los ayudaría a la futura investigación.

Al transcurrir unos minutos, el cuerpo del reo, ―al igual que un cascarón viejo―, inició un extraño proceso de desbordamiento. Los médicos forenses se desorientaron con la inusual autopsia, desentrañando la oscuridad postmortem de los pétalos.

En el examen microscópico de la piel y tejidos blandos, el cuerpo presentó un avanzado estado de desecación que superaba exponencialmente el proceso natural de deshidratación postmortem.

Las capas de su piel se secaron a tal punto que la deshidratación rompió todos sus tejidos iniciando una caída de cabello. Se observaba una secado cutáneo masivo, manifestado por una hiperqueratinización extrema y un aspecto apergaminado. Al nivel de la epidermis exhibió un patrón de agrietamiento extenso y profundo, con una rápida pérdida de la elasticidad del tejido.

Al diseccionar con más profundidad, las fisuras cutáneas se extendían a través de la dermis y penetraron en la hipodermis. Los tejidos subcutáneo mostraron una atrofia adiposa completa.

Los forenses debían trabajar de manera excesivamente minuciosa para no dañar el cuerpo. La masa muscular visible presentaba retracción severa con músculos rígidos y quebradizos.

Al abrir la caja torácica y el estómago, las cavidades y abdominales, ―accesible mediante incisión limitada―, revelaban una deshidratación total de las vísceras. Los órganos internos habían sufrido una momificación in situ: órganos notablemente más ligeros que lo esperado, con una consistencia dura, seca y quebradiza.

Su aspecto parecía un cúmulo de retazos de madera aglomerados como una silueta humana.

Sin embargo, un último hallazgo cambió todo. La partícula especial en su tesis que revelaría la anomalía paranormal de las Necro Rosas, y que, ―como un milagro―, les daría la clave y la respuesta para desarrollar en el futuro una posible solución.

El examen de la cavidad torácica, reveló una anomalía visualmente incómoda e inexplicable, que no coincidía con las demás descripciones de la momificación del resto del sujeto. A primera vista, los forenses lo describieron vagamente como un corazón negro.

El órgano cardiaco presentaba una atrofia miocárdica extrema, con una reducción volumétrica de aproximadamente el 70% de su tamaño anatómico esperado. La superficie epicárdica exhibía una pigmentación negra homogénea, ―melanosis postmortem acelerada―, indicativo de una degradación química y oxidación severa. La superficie estaba completamente revestida por una capa delgada y adherente de una sustancia resinosa de consistencia bituminosa, ―similar a la brea o al alquitrán―. A duras penas, pudieron retirar el corazón negro y depositarlo en un envase de vidrio para futuros análisis más profundos.

Al culminar la autopsia, los presentes, ―aunque incómodos―, no pudieron evitar aplaudir, estaban cada vez más cerca de la meta.

El equipo hizo ese mismo proceso con varios reos más, resguardando un total de cuatro corazones negros de los cuales,―posteriormente―, extrajeron información genética para desarrollar la milagrosa vacuna.

 

La imagen del corazón negro en su mente devolvió a Ash al presente, en un parpadeo percibió un latido oscuro como tambores que alertaban un peligro. Esa imagen del corazón se vio envuelta en retazos de madera que formaron a la mismísima Lady Wood frente a él, con su característica y espeluznante sonrisa que le daba escalofríos.

La anciana recogió el pétalo del escritorio, lo giró en su mano observándolo con cuidado, ―dibujando con la mirada―, la mancha negra en forma de cráneo que resaltaba en su interior.

―Este pétalo será el primero de muchos… ―confesó madame Hazel Hickory con un gran pesar―. ¿Tienes alguna idea de dónde pude haber sacado algo tan peligroso como esto? Es irónico, pero realmente no caen del cielo ―preguntó con una sonrisa baja.

Todos guardaban silencio, como esperando el sonido de los relámpagos en una tormenta.

―¿Poseen un ejemplar de la planta? ―preguntó Ash, muy en el fondo presentía que la respuesta sería peor que eso.

Lady Wood le devolvió una irónica sonrisa, rió para sus adentros mofándose de Ash.

―Yo soy el ejemplar ―confesó la anciana―. Te faltó un poco de perspicacia, Ash. Bebe un poco más y relájate, no voy a matar nadie con eso. ―Arrugó el pétalo en sus manos.

La plata de deshizo en el escritorio.

―Puedes llevarte una muestra si gustas, pero estos son inofensivos. También hicimos pruebas ―reveló madame Hazel Hickory, limpiándose los guantes.

―Entonces… ―Ash habló si formular adecuadamente una frase―. Tengo muchas preguntas ―cuestionó sudando, entre un arrebato de interés y miedo.

―Me encantaría responderte, pero ni siquiera yo sé qué soy o por qué ocurre esto ―respondió madame Hazel Hickory―. Algo que sí puedo decirte, algo que puedo sentir en el fondo de mis entrañas y mi corazón ―resaltó con lúgubre entonación―. No sé cuándo, ni dónde, pero será pronto… el día en el que yo muera ocurrirá otro Rosimbris ―confesó, curvando tristemente su sonrisa.

Otro silencio sepulcral reinó en la habitación. La mano de Sabbatia tocó la de su marido, regalándole una sonrisa esperanzadora.

―¿Ahora entiendes por qué eres tan importante, cariño? ―accionó Sabbatia.

Ash respiró con profundidad entendiendo el enorme peso que llevaba en los hombros. Quizá la Sociedad de las Rosas le daba mala espina, pero parecía ser que tenían una labor loable; crear lazos importantes, fundar un imperio; dominar el mundo con sus compañías tal vez era la respuesta económica para el desastre que Lady Wood inevitablemente sabría que venía y quería prevenir… Una segunda extinción.

―Madre. ―Intervino Sabbatia―. Contamos con los recursos necesarios para Ash, para Baobab Health & Allergies Labs y sus vacunas ―explicó corrigiéndose.

Taxus se acercó a Ash y le dio la mano.

―Si el Rosimbris ocurre mañana, ¿tus laboratorios tienen la capacidad de producir vacunas masivas para todo el planeta? Dame una respuesta honesta y realista ―exigió.

Ash le estrechó la mano, la misma en donde resaltaba su nuevo anillo.

―Por ahora, podríamos producir como máximo vacunas para tres o quizá cuatro países. Ningún laboratorio en el planeta entero tiene esa capacidad de producción. ―Su mirada fue en extraño honesta y dura.

―Perfecto, con esa cantidad podemos trabajar. ―Le soltó la mano para luego limpiársela con un pañuelo.

Unos cortos aplausos de Lady Wood festejaron la confesión de Ash, en su mente esperaba mucho menos, estaba orgullosa.

―Es espléndido, Ash. Son maravillosas noticias. Voy a pedirte encarecidamente que guardes este secreto como miembro oficial de la Sociedad de las Rosas ―solicitó la anciana.

―Descuide, generar pánico en la sociedad no está en mis prioridades. ―Asintió Ash, dibujando por primera vez una sonrisa de alivio.

Oleander y Taxus se pusieron de pie, en sus teléfonos hacían anotaciones, enviando información a sus otros hermanos y otros miembros de la asociación.

―De hecho… ―Ash también se levantó haciendo eco con su voz―. Nuestra vacuna tiene un rango de efectividad de un 98%, podemos suministrarle una ahora mismo, hay un laboratorio cerca con un par de muestras para el personal del laboratorio, quizá podríamos incluso detener el Rosimbris ―explicó con un alegre entusiasmo.

Los hermanos detuvieron su labor de comunicación, sus rostros parecían ofendidos. Lady Wood torció su mueca, revelando una expresión de asco y aberración. Ash sintió una bofetada de desánimo en el alma, como si esas miradas le hubiesen arrebatado la confianza.

―No, Ash… ―pronunció Sabbatia con tristeza, se mordió los labios.

―Ay, amigo… Y yo que pensé que Taxus era el que no estaba entendiendo… ―mencionó Oleander.

Las manos de Lady Wood golpearon con sus palmas el escritorio frente a ella, el golpe los asustó a todos, incluso a Taxus.

―Ash, siéntate ―ordenó la anciana.

Como la orden de un dictador, Ash obedeció sin chistar de manera inconsciente y automática.

―Yo debo morir ―declaró madame Hazel Hickory, tasa y explícita―. En ningún momento existió un plan para frenar el Rosimbris ―proclamó la anciana.

―¿Crees que no tenemos los medios para detener el Rosimbris? Sería sencillo encerrar a mamá en una cúpula cuando florezca ―resaltó Taxus, aproximándose de nuevo a Ash―. Nuestro objetivo es el Rosimbris ―declaraba con las cejas fruncidas.

―¿Qué? ―Ash no podía creer lo que decían―. El deber ser de la Sociedad de las Rosas, debería enfocarse en proteger a la humanidad, tenemos en nuestras manos el poder de salvarlos a todos, no podemos permitirnos dejar que ocurra otra extinción como antes… ―Ash trataba de razonar con ellos.

Lady Wood cruzó las manos y respiró profundamente, entender que Ash no lograba encajar las piezas de sus planes la exasperó.

―Pronto tendremos una fuerte influencia militar con otra alianza, los medios farmacéuticos son la clave del futuro de la Sociedad de las Rosas, Ash ―comenzaba hablar sin despejar sus manos―. Estás comprometido con la asociación y con Sabbatia, lo quieras o no, Baobab Health & Allergies Labs nos dará la vacuna y será suministrada a solo un grupo selecto, privilegiados de la asociación… la élite ―adjuntó con seria oscuridad.

Ash intentó levantarse y Taxus lo atajó del hombro, empujándolo de vuelta al asiento.

―¡Son unos genocidas! ―gritó con ira―. Mi laboratorio no colaborará en un genocidio de tal magnitud, fundamos Baobab Health & Allergies Labs para salvar vidas… no para… para. ―Ash calló cuando escuchó un casquillo metálico.

Un tubo frío, ―de metal oscuro―, presionaba con suavidad el vientre hinchado de su esposa. Con una expresión, ―incluso más seria que la de su hermano Taxus―, Oleander apuntaba con una pistola a su hermana.

―No lo hagas más difícil, Ash. Tienes las de perder, si no aceptas mataremos a tu hijo… ¿o era hija? ―preguntó sin cambiar de expresión.

―Aún no lo sabemos, Olly ―respondió Sabbatia sin inmutarse.

Un sudor más frío que el metal de la pistola comenzó a recorrerle la frente a Ash, como hielo derritiéndose en su piel. ¿En dónde demonios se había metido? Su familia no estaba a salvo de… ¿Su propia familia?

―Cariño, solo acepta ―aconsejó Sabbatia, desviándole la mirada.

En ese instante una nube tormentosa de ideas cubrió la mente de Ash. ¿Él había sido un macabro plan de la Sociedad de las Rosas desde un principio? Su compromiso no había sido más que una pantomima de gruesos grilletes que lo aprisionaban a ser parte de un complot de genocidio y dominación mundial… Una pieza importante de un rompecabezas de un nuevo orden mundial, orquestado por Lady Wood y su familia.

Pero… ¿Y Sabbatia? Estaba seguro que ambos se amaban profundamente, remembró recuerdos mágicos con su esposa: del día en que la conoció en un viñedo, sus primeras citas, el día en que consumaron su amor en un hotel de cinco estrellas, el día de su boda privada, su luna de miel en Portugal… y el día en que se enteraron que serían padres. Todos esos recuerdos eran reales, podía sentirlo.

Entonces pensó: ¿Sabbatia estaba bajo amenaza constante? Su matrimonio era probable una serie de coincidencias que la Sociedad de las Rosas aprovechó para su cometido.

Lady Wood era malévola, ―proclamaba que amaba a sus hijos―, pero todas las madres tienen a sus favoritos… Quizá, a la anciana no le temblaría la mano para sacar del plan a cualquiera de sus hijos, ―y si por desgracia Sabbatia era la menos favorita―, explicaría porque Oleander tampoco claudicaba con esa arma al apuntar a su hermana.

Sabbatia estaba rígida, seria… aceptando el destino si la bala de la Sociedad de las Rosas decidía arrebatarle su futuro. Lady Wood la manipulaba, ―¡Estaba seguro!―, esa presencia maligna que emanaba la anciana no era un sensación de horrífica persuasión, era algo más aterradoramente poderoso y tiránico, una orden suprema como un control mental que probablemente sus hijos no podían desobedecer.

Si ese era el caso, tenía que actuar. Tenía que abrir los ojos y ver una oportunidad para ayudar a su esposa, salvarla y huir de esa demente familia para vivir escondidos en algún país donde no los pudieran rastrear.

Pero… ¿Cómo podría enfrentarse a al fornido de Taxus y detener la pistola de Oleander? Tumbar a Taxus y quizá golpearlo con la silla lo detendría unos segundos, eso podría conmocionar a los demás y había una leve apertura para desarmar a Oleander, quedarse con el arma e intentar huir por alguna puerta trasera… ¿Y los guardias de seguridad? ¿Y los invitados? ¿Los medios de comunicación?  ¿Qué haría después con el arma? El arma…

De repente Ash volvió en sí, el sudor lo bañaba como si se hubiese duchado con agua helada. Un fuerte dolor le presionaba el pecho, ―su tensión arterial se disparó―, estaba nervioso, respiraba con premura.

Miró a los lados. Vio a Taxus tirado en el sueño, ―le sangraba la cabeza―, y un par de pedazos de madera de una silla rota resaltaban en su cabello largo.

Luego vio al otro lado. Oleander fruncía el rostro enfurecido, tenía un golpe en la nariz.

―Cariño… ¿Qué has hecho…? ―pronunció Sabbatia, con una expresión horrorizada, llevándose las manos a la boca.

Ash se miró las manos, sentía algo frío y metálico entre sus dedos… La pistola de Oleander reposaba en sus manos, la punta del cañón despedía un olor a pólvora y quemado.

Al subir la mirada, un cúmulo grueso de saliva casi le para el corazón a Ash… El sudor se detuvo, sus manos soltaron el arma cuando vio a su suegra con un agujero en el estómago.

Lady Wood se tocó por debajo del pecho, el vestido se le manchaba de negro, un oscuro torrente de sangre le impregnaba el vestido rosa como si fuera una viva imagen, ―o más bien una trágica muerte―, de la representación de un pétalo de la Necro Rosa… Un negro sobre rosa… la muerte en vida.

―Nos has condenado a todos… ―pronunció madame Hazel Hickory al tocarse, sus manos tomaron borbotones de oscura sangre parecidos a raíces negras que salían de su interior.

PARTE VII

Cuando Hazel Hickory era una pequeña niña de unos ocho años, ―antes de que su familia se mudara a la portera ciudad Costa Mayor―, vivían en un misterioso pueblo escondido en las montañas: Hawthorn Valley.

Tres años antes de que el Rosimbris derrumbara al mundo, otro acontecimiento sobrenatural afectó a los habitantes del valle.

Un día común y corriente, durante el ocaso de un frío mes de enero, el sol se ocultaba de a poco en las copas montañosas del valle, arrojando sus últimos rayos de luz en las rocosas calles del pueblo. Un hermoso regalo de la naturaleza que los habitantes agradecían al recibir el calor del astro sol, reflejado en los tejados rojos de sus villas.

Ese último vestigio de luz, no sólo iluminó las tejas terracotas de las casas… El suelo rocoso brilló de una manera peculiar y extraña, destellando colores como cuando la luz rebota en un charco de agua formando vetas de arcoíris.

Pese a la bonita combinación de luces y colores, el horror se apoderó de los pueblerinos, al notar que aquello que refractaba la luz en el suelo, no se trataba de agua… era un líquido espeluznante, con olor metálico e intenso color tinto, que al culminar el ocaso se tornaba más espeso, negro y coagulante.

La multitud se espantó, nunca en el pueblo Hawthorn Valley habían presenciado una horrorosa escena de esa magnitud. Un río de sangre atravesaba la calle principal del pueblo, como si un gigante hubiese cortado sus venas y la cascada de sus muñecas se desparramaba inundándolo todo como un presagio maldito.

Mujeres, ancianos y niños se resguardaron en sus casas, ―los más curiosos se asomaron por sus ventanas―, el resto de adultos, con antorchas y linternas en mano, se armaron de valor para buscar el origen del río de sangre.

―¡Esto tiene que ser obra de la niña bruja! ―vociferó una anciana desde su ventana.

―¡Eso pasó porque la apedrearon! ―gritó una chica.

―¡Lo dices porque es tu prima, cállate! ―respondió otro hombre.

Los murmullos y rumores resonaron en todo el pueblo, incrementando el bullicio y el miedo.

Dentro de una de las casas, una madre angustiada se sostenía el cabello aguantando las ganas de gritar y llorar.

―Toma un poco de té, hermana ―dijo otra mujer, ofreciéndole una taza caliente.

―Ébany no puede ser la culpable de esto… ella no es una bruja, es solo una adolescente… Sé que es rara, pero… es mi hija, mi pequeña… ―Sollozaba la mujer.

―No te preocupes, Mandra… Mi esposo la va a ir por ella, su tío Olmo la va a encontrar antes que los demás… Todo estará bien ―prometía la hermana.

Antes de coger la taza de té, Mandra despegó las manos de su cabeza, trayendo consigo un cúmulo de cabellos con ramas y hojas secas.

―Está pasando otra vez… ―mencionó Mandra, con una expresión horrorizada en sus ojos, resaltando aún más sus pronunciadas ojeras―. Un mal presagio… pasó lo mismo cuando murió mamá… y cuando murió tía Aconita… ¿Dónde está la pequeña Hazel? ¡Tráela rápido! ―gritó desesperada.

Sintiendo un pálpito en el pecho, un presentimiento igual de profundo y agobiante como el de su hermana, la madre subió las escaleras de la casa abriendo de un portazo la habitación de su pequeña niña… El cuarto estaba vacío, el ulular del viento movía las cortinas de una ventana que la niña probablemente no supo cerrar al escabullirse.

―Ella está con Ébany… ―dijo Mandra a sus espaldas―. Begonia, vamos a buscarlas, Hazel es solo una niña… ―pronunciaba con lágrimas en los ojos.

―Hay gente vigilando la casa, sin nos ven salir sin las niñas sospecharan más… Olmo va a encontrarlas, te prometo que las va a conseguir. ―Abrazó a su hermana, juntando sus manos.

Begonia estaba aterrorizada, el peor miedo de una madre se manifestaba en sus pensamientos, pero confiaba en su marido, confiaba ciegamente que él las encontraría.

 

Siguiendo uno de los oscuros rastros de sangre que bajaba del valle, Olmo se escabullía entre los árboles. Los últimos vestigios de luz ya se habían esfumado, la luna todavía no estaba en su cenit para alumbrar lo suficiente junto a las estrellas. Sin embargo, el desespero de un amado tío, ―y padre, sin saber que su hija también estaba perdida―, le dotaba de una visión gatuna que lo ayudaba a visualizar entre las ramas y hojas del valle.

De repente se detuvo, ―escuchó un llanto a lo lejos―, un pequeño chirrido con un lamento que le sonó familiar. Permaneció en silencio y siguió el sonido, saltando algunas raíces que sobresalían del suelo. Con las manos apartaba ramas y musgos; ―con cortadas y moretones―, apartó la última rama descubriendo al final del sendero a una hermosa niña sentada debajo de un enorme árbol, sucia y aporreada en las rodillas, son sendas lágrimas gruesas recorriéndole las mejillas.

―¿Hija? ―preguntó Olmo, desconcertado―. ¿Hazel? ―Volvió a preguntar.

Cuando la niña subió la mirada y las lágrimas le dejaron ver la silueta de su padre, un recuerdo le atacó la memoria, le temblaron los labios y las piernas. Su intento de hacerse la valiente era en vano, no quería que su padre viese lo que trataba de ocultar a sus espaldas, algo aterrador escondido en las raíces de ese árbol.

Hazel se limpió el rostro, estaba bañada, ―casi de píes a cabeza―, de aquella sustancia oscura que parecía ser sangre. La pequeña giró la mirada brevemente hacía atrás, observando por última vez lo que ocultaba.

―¡Dios mío! ―grito Olmo, al ver por encima de su hija.

 

Horas antes de que sol no se ocultara en el ocaso. La hermosa prima de Hazel, la misteriosa chica “bruja” Ébany, la había llevado a comprar unas tartas de queso en un pequeño quiosco, uno de los pocos sitios del pueblo donde no la molestaban.

Ébany era un hermoso misterio ambulante, una adolescente que vivía su propia felicidad, pero que sufría de las miradas acosadoras y acusadoras de los pueblerinos. Al igual que su nombre lo indicaba, su piel era de color ébano, pero no un ébano cualquiera, era una preciosa combinación de tonos parecidos al chocolate y al mismo tiempo a las cenizas; su cabello era otra cosa, tan radiante y misterioso como su piel: las hebras, ―de un color rosa brillante―, le caían en los hombros como lianas en los árboles, ―o como serpientes―, como solían decir algunos niños que la molestaban. Su hermoso rostro era tan abrumador y especial, que hasta sus pestañas eran del mismo color que su cabello y el sonrojo en sus mejillas y sus labios podía notarse de un color similar a ese rosa que tanto le gustaba enseñar.

Su presencia era la envidia de muchas, ―y deseo de otros―. Una esencia espectral, ―casi sobrenatural o más bien antinatural―, desprendía en su aura. A excepción de sus familiares, decían que estar en la presencia de la “bruja de ébano”, ―como otros la llamaban―, traía mala suerte. Algunos proclamaban que su radiante belleza era tanta que parecía una maldición, decían que era tan hermosa que su propia belleza se comía las buenas cosas, la suerte de los demás y las buenas vibras por el lugar donde pasara, como una mancha negra que devora todos los colores.

Ébany no solía hablar mucho, había construido un muro invisible ante los demás, solo intercambiaba algunas frases de cortesía y cortas conversaciones con su madre y sus tíos. La pequeña Hazel era todo para ella, adoraba a su primita como si fuese su hermanita, casi como una hija; le hablaba muy seguido, le contaba cuentos y la hacía reír con bromas que incluso a ella le dibujaban una sonrisa, que pocas veces consentía expresar su rostro.

De igual manera, Hazel adoraba a su prima, era la hermana mayor que toda chica querría tener: hermosa, valiente, cómica y cariñosa. Hazel soñaba con ser igual que Ébany, alta y delgada, con una piel única que llamara la atención de todos, y con esa cabellera tan radiante con hermosas… ¿flores?

―¿Por qué tienes flores en la cabeza, Ébany? ―preguntó una vez la pequeña Hazel.

―No lo sé… Los pétalos solo crecen, ¿no es raro? ―cuestionó Ébany, sacándose un lindo pétalo de un tallo en su cabello.

―Son bonitos, yo también quiero tener flores en el pelo. ―Sonrió Hazel, entre tanto su prima le amarraba la flor en su cabello.

Un bonito recuerdo que se esfumó de la inocente mente de la pequeña Hazel.

Horas antes del ocaso, ―de camino a casa de su tía Mandra―, Ébany fue interceptada por un grupo de jóvenes de su escuela. Un grupito de chicos impertinentes, malhechores y mal estudiantes que le hacían la vida imposible a Ébany. Con el argumento de que, ―por su culpa―, hacía días que no llovía en el valle, causando que los profesores, ―más que todo el resto de adultos―, estuvieran de mal humor, y por ende causando sus malas notas en el colegio… la castigarían.

Ébany daba miedo cuando su rostro se contraía en una mirada fruncida, pero cuando vio que los chicos iban armados, unos con bates de baseball y otro con un machete, se preocupó por la seguridad de su primita Hazel. A la pequeña ya se le asomaban las lágrimas con los ojos, estaba muerta de miedo.

Con esa misma rabia preocupada, Ébany se inclinó para rogarle a su prima que corriera lo más lejos posible, con un empujó la envió corriendo, luego cogió un puñado de arena del suelo y se la arrojó a los chicos.

Hazel corrió con los ojos cerrados tropezando con un pipote de basura que la tumbó, ―estaba desorientada―, las lágrimas le nublaban la vista y en su mismo nerviosismo miedoso, olvidó el camino a casa. Algo dentro de ella le hizo recapacitar, un sentimiento que en su mente de niña no entendía cómo definirlo. El calor de su cuerpo, le aceleraba el corazón, más que darle miedo… le daba coraje. No sabía qué podía hacer para ayudar a Ébany, pero aquella sensación le abrió paso, enseñándole, ―no el camino a casa―, sino el camino hacía su prima, hacía un destino que le cambiaría la vida por completo.

Siguió el instinto de su conexión con Ébany, corrió por el bosque, ―adentrándose en la espesura―, más allá donde la luz atenuaba. Al escuchar el ruido de los chicos se asomó entre unas ramas y se tapó la boca para no hacer ningún ruido que la delatase.

Cuatro chicos tenían cogida a Ébany de los brazos y los pies, la habían golpeado y desnudado, le sangraba la nariz. Ébany ya se había resistido lo suficiente, ―ella era fuerte―, pero no tanto como para oponerse a la fuerza de cuatro chicos, puede que incluso mayores que ella.

Uno de los chicos se quitaba el pantalón. Desde esa distancia Hazel solo lo vio de espaldas, tenía un trasero flácido y lleno de granos. Los otros chicos jalaron las piernas de Ébany, ella intentó resistirse en un último esfuerzo. El chico se arrodilló intentando hacer algo extraño con Ébany que Hazel no comprendía… Y de repente, la maldición de la bruja de ébano se manifestó.

El chico con los pantalones abajo resbaló con las hojas del suelo, ―intentó hacer equilibrio―, su esfuerzo fue en vano, cayendo estrepitosamente sobre una afilada raíz que sobresalía del suelo como si fuera una pico.

El grito del chico resonó en todo el bosque, ―nadie podía escucharlo―. Un chorro de sangre surgió de su entrepierna, se quitó su franela haciendo un bulto de tela que puso en su miembro para parar la hemorragia.

Sus amigos,―aunque preocupados―, aguantaban una burlona risa que probablemente se merecía.

El chico se enojó de tal manera, que su propia ira lo dominó sosteniendo el machete con ambas manos, apretando el mango con toda la fuerza de su iracunda rabia.

Los demás chicos se alejaron al leer el rostro de su amigo, parecía peligroso, ciego y malcarado. El chico gritó, ―escupiendo y llorando―, con la fuerza de sus brazos abanicó el sable en sus manos directo al cuello de Ébany.

El sonido afilado de un tajo seco, ―e impresionantemente perfecto―, enmudeció cualquier sonido que el bosque podría producir. Los chicos quedaron de bocas abiertas, sorprendidos y a la vez asustados.

Por otro lado, Hazel no podía entender lo que pasaba, todavía era demasiado inocente incluso para comprender el concepto de la muerte.

El corte vertical del machete, había hecho una zanja al nivel de la tráquea de Ébany y se había encajado en el tronco detrás de ella. No había sangre, ni siquiera un quejido de dolor.

Pese a eso, la maldición de la bruja de ébano no se había esfumado. Ébany manifestaba una aterradora sonrisa, sus ojos seguían abiertos, mirándolos a cada uno de ellos como una verdadera bruja que se negaba a morir.

El temor de los chicos se disparó como un fuego abrazador, ―temblaron de miedo―, no podían moverse. El chico con los pantalones abajo volvió a resbalar cayendo con su trasero en el suelo. Al caer, Hazel pudo ver qué había ocurrido con su prima, ―comenzaba a comprender―, ver el machete en su cuello corroboraba algo que tenía miedo de aceptar.

El cuerpo de Ébany se deslizó a un lado, su cabeza quedó reposando encima de la hoja del machete clavada en el tronco. Y entonces… habló:

―Quise creer que había una esperanza… ―dijo, sin mucho sentido para los demás―. El hombre es malvado… desearía que no existieran… ―Por primera vez en su vida Ébany lloró.

Uno de los chicos intentó huir, pero en ese preciso instante algo acuoso, ―como un torrente de agua―, sonó a su espalda. Cuando giró, una cascada, ―de algo que parecía sangre―, lo arrolló como un tren.

La pequeña Hazel vio aquel flujo de inmensas cantidades de sangre, surgiendo del cuello del cuerpo cortado de Ébany. Un enorme río carmesí se derramaba por el bosque, inundando el paisaje, tragándose a los chicos que habían herido a su prima.

El torrente sangriento no paraba de salir del cuerpo de Ébany. Al parar de llorar y girar su mirada, vio de soslayo a la pequeña Hazel asomada entre unas ramas.

―Hazel… ―pronunció la cabeza Ébany.

Un impulso, ―casi mágico―, movió los piecitos de Hazel a caminar hacia la cabeza parlante de su prima. Hazel comenzó a llorar, no como un llanto de miedo y desespero, fueron lágrimas de dolor, lágrimas que recorrieron sus mejillas rosas cayendo al suelo.

―Hazel… ―pronunció la cabeza de nuevo―. Tú eres mi todo… Lo que este mundo debería ser… ¿Me ayudarías? ―preguntó.

La pequeña Hazel asintió sin pensarlo, no sabía cómo podría ayudar a su prima en ese estado y lo único que se le ocurrió fue abrazar la cabeza, alzarla y correr en el bosque.

La niña había olvidado el camino a casa, todos los árboles lucían iguales. La cabeza de Ébany pesaba cada vez más en sus brazos, comenzaba a cansarse y la sangre que le empapaba la ropa, llegaba a sus pies haciéndola resbalar.

―No corras más, Hazel… Mírame a los ojos ―pidió la cabeza.

Hazel se limpió las lágrimas en los ojos, posó la cabeza recostándola en un tronco y acató lo que su prima deseaba.

―¿Te vas a morir…? ―preguntó la pequeña, aguantando el llanto.

―Sí… ―respondió con crudeza―. No te preocupes, Hazel. Siempre voy a estar contigo. El mundo es malo, pero juntas vamos a cambiarlo ―juró, sonriendo como nunca antes lo había hecho.

Su espíritu dio aliento, ―o más bien abono―, al florecer de unos hermosos pétalos que Hazel jamás había visto en el cabello de su prima.

―Hazel… vas a ser igual que yo ―dijo la cabeza―. No, vas a ser mejor que yo. ―Ébany comenzaba a cerrar los ojos.

El brillo de esos pétalos rosas, era tan hermoso y radiante, que emanaba una inusual luz ante Hazel. Los mismos pétalos, como terrones de azúcar derritiéndose en el café, se desmoronaron en el aire. Al igual que esporas, cada partícula en el aire se adhería al cuerpecito de Hazel… era el último abrazo que recibía de su adorada prima.

La niña Hazel sintió que se sumergía en un charco de lodo oscuro. En el fondo de aquel pantano negro, una luz en forma de flor brillaba a lo lejos, palpitando con la voz de Ébany que la llamaba.

―Hazel… ―pronunciaba―. Cambiaremos el mundo… ―seguía diciendo―. Eres muy pequeña para entenderlo aún… Voy a hacer que olvides mi muerte… pero un día… recordarás ―decretó la voz.

La manito de Hazel intentó tocar la luz en la oscuridad, pero otra voz la despertó.

―¡Hazel! ―gritó la voz de su padre.

Ese grito de rescate, aquella voz gruesa y preocupada de su padre, no solo había despertado a la pequeña Hazel. Olmo Hickory había traído a la realidad a Lady Wood, arrastrando de su memoria la promesa, ―o más bien el juramento―, que había pactado con Ébany hacía mucho tiempo.

PARTE VIII

Lady Wood se tocó el estómago, la perforación de la bala era demasiado profunda, los chorros de sangre emanaban como torrentes sin filtro…

―Ébany… ―Recordó madame Hazel Hickory, mirando la palma de su mano empapada en sangre.

Oleander corrió sosteniendo a su madre antes de que cayera de espaldas, ―su traje también se ensució―, la cantidad de sangre era descomunal… demasiada solo para una herida de bala.

―Madre, no, no… ―Oleander sacó un pañuelo de su saco presionando la herida del estómago.

La anciana se negaba a ceder, ―seguía en pie―, nublada en sus pensamientos.

Los guardias de seguridad abrieron la puerta de golpe tras escuchar el disparo. Dieron un corto vistazo analizando el panorama, divisando de inmediato el arma homicida en las manos de Ash.

―¡No esperen! ―gritó Sabbatia, deteniendo el paso apresurado de los guardias.

Con una ira contenida que iba a explotar como un volcán, Taxus se levantó del suelo, arrojando la misma silla con la que lo había golpeado Ash.

―¡Te voy a matar! ―vociferó el hijo mayor de Hazel, abalanzándose sobre Ash.

Los guardias de seguridad rodearon a ambos, cuidando la seguridad de Taxus. En la angustia y desespero de no entender lo que había hecho, Ash recibió un par de golpes en la cara y uno en el estómago que lo hizo retroceder, la pistola se le había caído al suelo, deslizándose hasta chocando con los catones de Sabbatia.

―No… no te mereces que te mate. Voy a hacer de tu vida un puto infierno y haré que mi hermana se quede con tu empresa de mierda ―juraba Taxus, apretando los dientes.

Sabbatia estaba inmóvil, no sabía qué hacer… de cierto modo, ella sí amaba a Ash a pesar de ser solo un objetivo de la sociedad. Pero el amor por su madre y sus hermanos era aún más grande… ¿Qué debía hacer? ¿Qué haría su madre en esa situación? Su madre…

Al girar la mirada, vio que su hermano Oleander seguía sosteniendo a Lady Wood, intentando hacer que se sentara con cuidado.

―¿Qué están esperando? ¡Llamen a una ambulancia! ―gritó Oleander―. Debe haber un médico entre los invitados, busquen ayuda, ¡rápido! ―dio una estruendosa orden.

―Ébany… ―seguía balbuceando madame Hazel Hickory.

―¿Quién es Ébany? ―Se preguntó Sabbatia a sí misma.

―Madre, por favor. Tienes que aguantar, resiste un poco ―deseaba Oleander.

―Ébany… Ella no quería esto… íbamos a hacer un mundo mejor… ―seguía balbuceando.

―Lo haremos, mamá. Solo resiste, te lo suplico, no cierres los ojos. ―La tomaba de la mano para darle fuerza y voluntad.

―No… Ébany no hubiese querido esto… Hice todo mal… ―Las lágrimas surcaban su amaderadas mejillas―. Hay que comenzar de nuevo… ―susurró para sí misma.

Casi al cerrar los ojos, vio una silueta oscura detrás de su hijo Oleander. Poco a poco, se dio cuenta que aquella figura se tornaba hermosa, una piel de ébano tan radiante como los pétalos que comenzaban a florecer en la ramas de hebras del cabello de Lady Wood.

―Mierda… ―exclamó Oleander, soltando a su madre, al ver la gran cantidad de pétalos que florecían en su cabeza.

Con su último aliento, Lady Wood se tocó la herida introduciendo sus dedos. Al ver a su prima, aceptó su pecado… ¿Por qué? ¿Por qué no la había recordado hasta ahora…? Acaso… ¿el ego de su “belleza” había nublado todo recuerdo y promesas con Ébany? Lady Wood se había convertido en la misma maldición de los pétalos… literalmente.

Un torrente de sangre oscura, tan espeso e inmenso como una cascada, surcó desde el vientre de Lady Wood. El chorro fue tan potente que desplazó a Oleander, destrozando el escritorio frente a ella, llevándose por delante a los guardias de seguridad y a su hijo mayor Taxus.

La oleada de sangre, ―al igual que un ariete―, arremetió contra las puertas arrancándolas de golpe. El líquido se desparramó por doquier, bañando el pasillo y las barandas del salón, salpicando como una lluvia oscura a los invitados que disfrutaban de la reunión.

El señor Ernest Fontana, haciendo alarde del swirl, ―que Ash le había enseñado―, fue empapado por la sangre de Lady Wood, arruinando el vino en la copa que agitaba con su intento de sutileza. Sus canas se habían convertido en un intento tintado de rojo oscuro. El resto de los invitados se alarmó de sobremanera.

Entrando en un estado de pánico y terror, Oleander se levantó del suelo y corrió hacia su hermana. La cogió de la mano para llevársela, sin percatarse que Ash arremetería contra él desde la espalda, golpeándolo en la nuca con un pedazo de madera de la silla que había quedado en el suelo.

Ash estaba amoratado, herido con cortes y moretones en el rostro, tenía un ojo hinchado que no le dejaba ver, ―aún así―, sabía lo que estaba a punto de acontecer.

―Va a suceder de nuevo… tenemos que irnos, mira ―dijo Ash, señalando el extenso charco negro que había dejado el torrente de sangre.

Sin pronunciar ni una palabra, Sabbatia observó el líquido en el suelo. Parecía más profundo que una piscina, de pronto creyó a lo que su esposo se refería, había algo raro en la profundidad de ese abismo oscuro. Un brillo rosa y dorado, ―muy inusual―, titilaba emergiendo a la superficie… Al igual que hermosas flores de loto, las mortales y malditas Thanatoroseas Necromáculas, florecía como retoños… o más bien como demonios hermosos abriéndose paso desde el mismo infierno.

Del mismo modo que había hecho Oleander, Ash tomó la mano de su esposa y la zarandeó afuera de la habitación. Sabbatia dio un corto vistazo de soslayo a su madre.

Lady Wood, ―postrada en el suelo―, levantó levemente el rostro mirando a su hija por última vez, una mirada que penetró a Sabbatia, transmitiéndole más que una despedida… quizá un…

De pronto el rostro de Lady Wood se deformó aún más, creciendo desmesuradamente como un árbol. Las ramas que simulaban ser su cabello, engrosaron de una manera tan descomunal y descontrolada que el propio cuerpo de la anciana, se convirtió en meras raíces en el suelo.

Las ramas del tronco chocaron contra el techo del recinto, retumbando las paredes y pilares. La presión de la fuerza de la naturaleza destrozaba el lugar, floreciendo en sus hojas más Necro Rosas.

Entre tanto los invitados confundidos y asustados, libraran un conflicto en averiguar qué pasaba o emprender una huida. Ash y su mujer entraban a su auto para escapar.

―Esto pasó en nuestras pruebas… ―mencionó Ash de pronto, encendiendo el auto―. Los corazones negros tenían ese líquido oscuro… No pudimos identificar qué era… es como… como un mal encarnado ―conjeturaba con horror en su mirada.

El auto encendió motores, el mismo desespero de Ash le hizo chocar un poco el auto que tenía enfrente, pero se las arregló para moverse a un lado y huir por la carretera.

―Hay que ir al laboratorio más cercano, tenemos vacunas guardadas para el personal y socios ―indicaba Ash, entre tanto manejaba y revisaba su teléfono―. Tengo que avisarle a Thusio y los demás. ―Tocaba la pantalla del móvil buscando sus contactos.

Al acomodar el espejo retrovisor, vio desde su distancia como el gigantesco árbol, ―que antes fue Lady Wood―, florecía millones de rosas malditas, con un resplandor rosa y dorado tan hermosos, que aterraba hasta la médula.

Ash cerró los ojos pisando el acelerador, marcaba números de teléfono llamando a sus compañeros, pero no contestaban.

Sabbatia sentía un enorme agujero en el corazón, un vuelco que la invadió obligándola a girar la mirada para observar el árbol de la muerte. Como esporas, el árbol disparó la lluvia de rosas, el tronco se destrozó junto a sus ramas, impulsando los pétalos como un viento huracanado que esparcía cada el nuevo Rosimbris por todas partes.

En cámara lenta, Sabbatia divisó los primeros pétalos cayendo alrededor del auto, lentos y precisos como dardos mortales con veneno. El mismo dolor de pérdida de su madre, le dio una punzada en el estómago, su bebé se movía de manera extraña.

Observó su barriga con extrañeza, tenía la mano posada encima y al retirarla se dio cuenta que estaba manchada de sangre… ―no era la suya―. La mancha en su vestido desaparecía, impregnándose en la tela, pasando a su piel. Al igual que en el vacío oscuro del charco de sangre de Lady Wood, Sabbatia vio el mismo brillo rosado palpitando en su vientre… ¿Sería este el último regalo de su madre? ¿El último legado de los Hickory?

Con la misma mano manchada, abrió su cartera introduciendo su mano, ―le temblaba de los nervios―, pero su deber y destino pendía de esa decisión que tomaría ahora. Del bolso sacó la pistola que minutos antes había rodado por el suelo. Apretó con fuerza el mango, apoyando su puntería con su otra mano para no fallar, posando lentamente la mirada en la nuca de su marido.

―Lo siento, Ash… ―Fueron sus palabras antes de gatillar el revólver.

Desde el cielo, los pétalos que seguían cayendo fueron testigos, ―como ojos divinos de la difunta Lady Wood―, como el coche se descarrilaba, luego se detenía, arrojando a la carretera el inerte cadáver de un bioquímico farmacólogo, que pronto se convertiría en otra víctima del Rosimbris, con la piel seca y el corazón negro.

FIN

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