Mr. Cino ūüćÄ

(Escrito por Augusto Andra en el a√Īo 2019)

Una osada chica roba el adorado tr√©bol dorado de un duende. Mr. Cino quiere recuperar su tesoro y atormentar√° a esta chica hasta que se lo devuelva. ¬ŅPodr√° sobrevivir a la maldici√≥n de Mr. Cino?

√ćNDICE

PARTE I

El sol desde aquella colina iba descendiendo de a poco, los rayos ambarinos chocaban con el monte desprendiendo un precioso y natural colorido anaranjado con violeta. La silueta del √°rbol en la monta√Īita se dibujaba hasta el autob√ļs escolar, que se estacionaba en la carretera.

Los estudiantes bajaban emocionados, recorr√≠an la campi√Īa disfrutando de lo que quedaba del atardecer. Algunos sub√≠an hasta lo alto de la ladera de la colina, para tomarse fotos con el majestuoso √°rbol que hac√≠a tan famoso ese lugar.

Rodeado por una peque√Īa cerca, el antiguo √°rbol reposaba recibiendo la calidez del resplandor. Una gu√≠a escolar relataba la historia de la colina, pero muy pocos estudiantes le prestaban atenci√≥n. No fue hasta que la historia mencion√≥ a un enga√Īoso duende, que algunos alumnos se interesaron por el tema.

El cuento narraba las divertidas y nefastas bromas de un ser m√°gico; molestaba a ni√Īos y adultos por igual. El duende llamado Mr. Cino, recolectaba monedas de todas partes y un d√≠a para esconder su preciado tesoro, sembr√≥ un √°rbol que creci√≥ y creci√≥ junto a la colina. El hombrecito escondi√≥ sus monedas en las ra√≠ces del fondo de la monta√Īita y maldecir√≠a a todo aquel que osara robar su tesoro.

‚ÄēEsa historia me gusta m√°s que la del caldero al final del arco√≠ris ‚Äēmencion√≥ uno de los chicos.

‚ÄēIgual eres un tonto si crees en alguna de las dos ‚Äēdijo otro chico, fomentando una risa grupal.

Continuaron con las fotografías y el recorrido por el lugar. Diana paseaba por el borde de la cerquita del árbol, bordeaba el majestuoso tronco, observando los hermosos tréboles que crecían alrededor de las gruesas raíces.

Un peque√Īo resplandor rebotaba en el suelo, una estrellita que titilaba junto al color verde de las hojas, una gota del sol ca√≠da junto al √°rbol.

Cuando Diana se acercó, detalló con asombro el mágico hallazgo que había conseguido. Debía de ser una especie de anomalía milagrosa, un espectacular fenómeno de la naturaleza, tan hermoso como un tesoro: un trébol de cuatro hojas. Pero no un trébol cualquiera, ¡era un trébol dorado!

Diana mir√≥ para ambos lados, asegur√°ndose de que nadie la observara. Se agach√≥ cuidadosamente, procurando que su falta no se enredara con la peque√Īa cerquita del √°rbol. Con su brazo extendido sobre la cerquita, sostuvo con el dedo pulgar y el √≠ndice el tallo del tr√©bol dorado.

Quiz√° las coincidencias existen, pero Diana no olvidar√≠a lo que sucedi√≥ en ese momento, porque despu√©s entender√≠a que las casualidades no existen y que las causalidades s√≠; y algunas veces pueden ser aterradoras y nefastas. Justo cuando sus dedos arrancaron el hermoso tr√©bol, el sonido que produjo el corte del tallo se sincroniz√≥ m√°gicamente con el sonido de un espantoso trueno en el cielo, ‚Äēque de pronto‚Äē, aniquil√≥ el hermoso atardecer, envolviendo el cielo con nubes y rel√°mpagos.

‚ÄēNo debiste hacer eso ‚Äēdijo una chica que observ√≥ a Diana desde lejos.

‚Äē¬ŅHacer qu√©? ‚Äēpregunt√≥ Diana mirando al suelo, y se escondi√≥ el tr√©bol en el bolsillo de la falda.

‚Äē¬ŅNo escuchaste el cuento de la gu√≠a? ‚ÄēLe respondi√≥ la chica con indiferencia. Sus ojos de cristal daban escalofr√≠os‚Äē. Eso es robar‚Ķ le est√°s robando al duende su tesoro.

‚Äē¬ŅSu tesoro? ‚ÄēDiana se mof√≥ en su cara‚Äē. Los tesoros est√°n al final del arco√≠ris en una olla con monedas de oro. Ah s√≠, se me olvidaba, ¬°Y est√°n en los cuentos de hadas! ‚ÄēY empuj√≥ a la chica para deshacerse de ella.

La chica cayó con su trasero ensuciándose la falda, pero no dijo nada. Luego de que Diana se marchó, la chica sonrió para sus adentros, tal vez ella si sabía de causalidades y no de casualidades.

PARTE II

Durante el viaje de regreso al instituto, los pubertos segu√≠an jugando y haci√©ndose bromas dentro del autob√ļs escolar. Diana mov√≠a los ojos cuidadosamente de lado a lado, estaba tan ansiosa de ver el tr√©bol en su bolsillo, que se mord√≠a los labios. Inclinaba la cabeza con suma delicadeza para que, ‚Äēcon el rabillo del ojo‚Äē, pudiera observar un poco del brillo dorado en su bolsillo.

Su actitud r√≠gida le pareci√≥ sospechosa, comenz√≥ a relajarse pensando en otras cosas, aunque le fue muy dif√≠cil. Luego de unos segundos el mundo a su alrededor se silenciaba, todo flu√≠a con una pausa encantadora, pero gris. El ambiente le parec√≠a pesado y cansado, una extra√Īa bruma trepaba por los asientos. Algo realmente raro ocurr√≠a, ‚Äēeso no era su imaginaci√≥n‚Äē, todo estaba espeluznantemente callado, nocturno, oscuro y nublado. Comenzaba a llover.

Aunque hab√≠a miradas por todas partes, Diana sent√≠a una tensa presencia que la observaba. Una peque√Īa sombra se asomaba de repente huyendo de su campo visual, pero estaba por all√≠, escabull√©ndose entre los zapatos de sus compa√Īeros de clases, corriendo y huyendo, mof√°ndose de ella.

Diana comenzó a sudar, las gotitas frías recorrían su espalda. Se le humedecía la mano que rosaba el bolsillo con el tesoro robado.

‚ÄēDevu√©lvelo ‚Äēdijo la chica de ojos cristalinos, que hab√≠a advertido anteriormente a Diana.

Pero su voz no estaba tan cercana, Diana pod√≠a ver a la chica a varios asientos por delante de ella, pero por alguna raz√≥n su voz llegaba directo a los o√≠dos. Esta vez la chica no sonaba como una advertencia, era una s√ļplica, ten√≠a miedo de algo, o m√°s bien de alguien.

PARTE III

Pasaron los días. Diana permutaba su personalidad odiosa y osada. Ahora se le notaba nerviosa, cansada, con ojeras oscuras y pesadas; respiraba con fuerza, sudaba un montón y no prestaba atención a las clases.

Durante las noches no lograba conciliar el sue√Īo f√°cilmente, apenas en la madrugada pod√≠a descansar. El mundo on√≠rico en su cabeza le hac√≠a jugarretas y le conced√≠a un sinf√≠n de pesadillas atormentadoras que no la dejaban en paz.

A ella no le importaba, tenía un tesoro inigualable, un hermoso pedazo de sol que nadie le podría quitar. Todos los días lo veía, aquel destello precioso y dorado en forma de trébol de cuatro hojas. Celosamente custodiado en su recámara, en una cajita de madera debajo de su ropa interior. Cuando Diana destapaba la cajita, la habitación se iluminaba como aquel atardecer cuando lo robó. Ella observaba enamorada y delirante ese trébol dorado.  

Y aunque pareciese raro, un fen√≥meno extra√Īo ocurr√≠a en su alcoba. Diana siempre hab√≠a sido una chica desordenada y poco pulcra, pero su madre notaba como ahora cada cent√≠metro de su habitaci√≥n, estaba minuciosamente ordenado y limpio.

Cada polvo retirado, cada esquina lavaba y hasta se respiraba un delicioso olor campestre en el lugar. Pero todo iba empeorando, esa ala de la casa poco a poco se iba convirtiendo en una especie de invernadero; crec√≠an plantas, entraban insectos, pod√≠a observarse hermosas flores y mariposas por todos lados. Una peque√Īa gramita hac√≠a de alfombra en el suelo, parec√≠a un sitio sacado de las p√°ginas de una comarca de Tolkien.

Diana tambi√©n empeoraba, su condici√≥n f√≠sica iba en contraposici√≥n con aquella habitaci√≥n de cuentos de hadas. La ni√Īa perd√≠a peso y color en su piel, se le ca√≠a el cabello, se le arrugaban los labios y sus ojeras eran cada vez m√°s grandes y oscuras.

Diana no hablaba con su madre, ‚Äēpara aquellos d√≠as en realidad no hablaba con nadie‚Äē. Si contara lo que ve√≠a la crear√≠an una lun√°tica, m√°s de lo que aparentaba.

Su terrible situación cobró venganza una específica noche; la noche en la que pudo ver a ese hombrecito. Y no una sombra borrosa como en sus pesadillas, no, esa noche Mr. Cino la visitó.

Como era de costumbre, esa noche las pesadillas no la dejaban dormir, todas iban acompa√Īadas de una risita de fondo y una orden que dictaba: ¬ęDevuelve mi tesoro¬Ľ. Pero esa vez, la voz no llegaba desde el subconsciente, el tono agudo y siniestro ven√≠a de la realidad. Percibi√≥ el olor del aliento y el suave soplido del susurro en su o√≠do.

Cuando despertó, el hombrecito estaba ahí en su cama, parado con los brazos cruzados en su espalda. Ya no era una sombra y aunque la luz no estaba encendida, lo veía perfectamente. Vestido con su trajecito verde y rojo, con un sombrero puntiagudo y con una inmensa barba roja espinosa.

Diana imaginaba a los duendes con caras bondadosas y bonachonas, quiz√° algunos s√≠ eran as√≠, pero Mr. Cino estaba enojado. Su rostro parec√≠a la maldad encarnada en piel y huesos, un espantoso demonio encogido en su m√°xima expresi√≥n. Su mirada era negra y penetrante, sus ojos negros, profundos y sus pupilas amarillas se sent√≠an como taladros. Sus dientecitos eran acolmillados y puntiagudos, muy gatunos y peligrosos, las manos tambi√©n ten√≠an u√Īas largas, brillantes y desafiantes.

‚ÄēTe has portado mal, Dianita ‚Äēdijo la voz de Mr. Cino.

Estaba en la punta de la cama, pero ella lo escuchaba directo en sus orejas.

‚ÄēDevuelve mi tesoro ‚Äēvolvi√≥ a repetir‚Äē. Estoy cansado de esperar, Dianita ‚Äēdec√≠a el duendecito.

Diana estuvo paralizada hasta la médula, sus fuerzas ni siquiera daban para cubrirse con la sábana.

‚ÄēEsta alcoba te comer√° sino lo devuelves. S√© que est√° ah√≠ en la cajita, pero no puedo abrirla porque es tuya ‚Äēse√Īalaba Mr. Cino‚Äē. La alcoba te comer√°, Dianita. Cuando te coma no voy a necesitar que devuelvas mi tesoro, porque yo mismo lo coger√© ‚Äēpronunci√≥ con una leve risita.

Diana seguía muda del miedo.

‚Äē¬ŅNo lo devolver√°s? ‚ÄēEsta vez la voz del hombrecito ven√≠a con un tono m√°s enfurecido‚Äē. Se te caer√°n las u√Īas y te crecer√°n de afuera hac√≠a dentro, se te secar√° la piel, tus huesos se convertir√°n en corteza y tu cabello en ra√≠ces y hojas secas‚Ķ Tu coraz√≥n ser√° mi nuevo tr√©bol, uno rojito y carmes√≠ ‚Äēdict√≥ su venganza y desapareci√≥ con un pesta√Īeo.

PARTE IV

La madre de Diana notaba con preocupaci√≥n c√≥mo poco a poco deca√≠a su desafortunada hija. ¬ŅQu√© le habr√≠a pasado? Pas√≥ de ser una chica desastrosa a una adolescente extremadamente limpia, pero cada d√≠a parec√≠a que tuviese un pie en el m√°s all√°. Los doctores no daban soluci√≥n a sus malestares y desdichas, nadie encontraba explicaci√≥n l√≥gica a lo que ocurr√≠a en su habitaci√≥n. Inclusive llamaron a brujos para exorcizar la casa, en caso de que alg√ļn esp√≠ritu la estuviese atormentando, pero nada funcionada.

Una noche, las pesadillas agravaron, fueron peores que nunca. Diana se desesper√≥ y a la ma√Īana siguiente, las u√Īas de sus manos comenzaban a caerse como hojas secas de un √°rbol; lo que segu√≠a no ten√≠a remedio, estaba cerca de cumplirse la maldici√≥n de Mr. Cino.

Corri√≥ hac√≠a la gaveta de su ropa interior y abri√≥ la cajita de madera para sacar el tr√©bol, pero lo que hab√≠a adentro le dispar√≥ una decepcionante noticia. El tr√©bol estaba marchito, sus brillos dorados estaban muertos; era gris y lleno de grietas. Hab√≠a pasado mucho tiempo desde que lo contempl√≥ por √ļltima vez.

‚ÄēYa no hay vuelta atr√°s, Dianita ‚Äēescuch√≥ decir, entre los peque√Īos √°rboles que crec√≠an en su habitaci√≥n.

Diana se desvaneció en el suelo, la vista se le nubló cayendo entre la grama y las flores. Comenzaba a despertar con dificultad, le dolían los dedos de las manos.

‚ÄēCari√Īo, despierta. ‚ÄēDiana escuchaba la voz de su madre‚Äē. Tienes una visita, una amiga vino a verte.

La moribunda adolescente apenas y lograba entender las palabras de su madre, venían desde lejos como susurros, a pesar de estar a centímetros de ella.

A los pocos minutos, Diana pesta√Ī√≥ para volver en s√≠. Al borde de la cama vio una silueta, no era Mr. Cino, era mucho m√°s grade y delgada. Era aquella chica del instituto, la chica con ojos de cristal.

‚ÄēHola, Diana. ¬ŅC√≥mo te encuentras? ‚Äēpregunt√≥ la chica, quiz√° no sab√≠a c√≥mo iniciar la conversaci√≥n. Diana se ve√≠a lo bastante deplorable como para preguntar eso.

Diana hablaba en susurros, imperceptibles e inentendibles.

‚ÄēYo te lo advert√≠, ¬ŅRecuerdas? ‚Äēobjet√≥ la chica.

Se levantó de la cama recorriendo la flora y fauna en la habitación.

‚ÄēS√© que tu madre ha hecho todo lo posible para ayudarte: doctores, brujos, chamanes. Ha llamado de todo, pero t√ļ y yo sabemos que Mr. Cino no es un fantasma. Solo hay una forma de alejarlo de aqu√≠ ‚Äēse detuvo observando una flor, en la corteza del √°rbol m√°s grade de la habitaci√≥n.

Diana pesta√Īaba con dificultad, pero logr√≥ levantar la mano y se√Īalar la gaveta semiabierta de su mueble. ¬†La chica comprendi√≥ el mensaje y se acerc√≥, escudri√Ī√≥ encontrando la cajita con el tr√©bol muerto.

‚ÄēFuiste una necia sin remedio, Diana. No deber√≠a ayudarte ‚Äēdijo detallando el tr√©bol muerto en sus dedos‚Äē. Pero lo har√© por tu madre. Todav√≠a hay una soluci√≥n, una forma de deshacerse de Mr. Cino ‚Äēpronunci√≥ con cuidado.

La chica salió de la habitación buscando a la madre de Diana. Después de una larga charla, la preocupada progenitora se llevaba las manos a la boca, escuchando la explicación de la chica con ojos de cristal.

‚ÄēLos duendes son seres muy limpios y pulcros, seguro not√≥ que el cuarto de Diana se encontraba muy limpio antes de convertirse en esto ‚Äēexplic√≥ la chica.

‚ÄēS√≠, muy limpio. Diana nunca fue as√≠ ‚Äēafirmaba la madre.

‚ÄēEsa es una labor de los duendes, hay algunos zapateros, hay otros obsesivos con la limpieza. Por suerte para Diana, le toc√≥ un limpiador. Aqu√≠ viene la soluci√≥n, se√Īora‚Ķ Hay cosas que los duendes no soportan limpiar. ‚ÄēLa chica habl√≥ en un tono m√°s bajo.

‚ÄēHaremos lo que sea ‚Äējur√≥ la se√Īora madre.

‚ÄēEs la √ļnica soluci√≥n que tenemos, tendr√° que ayudar a Diana a hacerlo. El duende no lo soportar√°, el asco lo espantar√° de inmediato ‚Äēremataba explicando.

‚Äē¬ŅQu√© tiene que hacer? ‚ÄēLa madre se desesperaba.

‚ÄēDiana va a tener que cagarse encima. ‚ÄēLa chica fue directo al grano, sin tapujos, ni vacilaci√≥n‚Äē. Busque una s√°bana blanca para la cama, la m√°s limpia y blanca que tenga. Haga que Diana coma mucho, cosas que le aflojen el est√≥mago, que las heces se vean dif√≠ciles de limpiar, ya sabe, como si fuese diarrea ‚Äēhablaba muy en serio.

‚ÄēQuieres que ella evacue en la cama‚Ķ ‚ÄēLa madre se llev√≥ la mano a la boca‚Äē. Est√° bien‚Ķ s√≠ esa es la soluci√≥n, yo ayudar√© a Diana ‚Äēacept√≥ con verg√ľenza.

La chica con ojos de cristal dio un √ļltimo vistazo a Diana, recorri√≥ la casa y se march√≥. Ahora todo depend√≠a de la fuerza de voluntad familiar.

PARTE V

Al d√≠a siguiente, la madre de Diana inici√≥ los preparativos para su hija. Por la ma√Īana despu√©s de levantarse, le dio de beber a Diana una bebida hecha con avena y chocolate. Para el desayuno, unas tostadas de pan con huevo revuelto.

La madre le rogaba que aguantase las ganas de evacuar hasta despu√©s del almuerzo. Durante la comida, le sirvi√≥ granos negros, carne molida y ensalada de remolacha, acompa√Īados con un espeso jugo de banana muy fr√≠o.

Eso ya debía de ser suficiente para cargar un buen peso en los intestinos de Diana. Pasaron las horas y finalmente la adolescente sintió cólicos en la barriga. Madre e hija se prepararon psicológicamente y físicamente para la siguiente labor.

Las sábanas de la cama estaban tan limpias, que podrían ser tan blancas como nieve recién caída del cielo. Diana se bajó los pantalones y la ropa interior, su madre la ayudó a sostenerse de pie encima de la cama.

En c√°mara lenta, la cadera de Diana fue bajando y bajando, la chica qued√≥ en cuclillas. Madre e hija compart√≠an un extra√Īo sentimiento, ese especial v√≠nculo familiar que se siente cuando una madre acompa√Īa a la hija en un parto.¬† Pero lo que saldr√≠a de Diana era algo completamente adverso y distinto; las heces se asomaron desde el ano de la chica y una cascada de aberraciones comenzaron a desparramarse encima de la m√°s limpia de las s√°banas.

El asqueroso sonido aniquilaba la belleza natural de la habitaci√≥n. La flora mor√≠a con cada claustro fecal, los insectos se espantaban, entre tanto el torrente maloliente y p√ļtrido de Diana segu√≠a saliendo de su trasero.

A Diana y a su madre se le embarraron los pies encima de la cama. El hedor era insoportable, se sent√≠an asqueadas, pero vali√≥ la pena. Diana pudo ver por √ļltima vez a Mr. Cino detr√°s de uno de los arbolitos de su cuarto; la cara del duende era un arte magistral. Diana nunca hab√≠a visto una expresi√≥n de asco tan monstruosa y deformada como esa. Al pobre hombrecito le dieron arcadas y se tap√≥ la boca.

Con un toque m√°gico, el peque√Īo duende chasqueo los dedos, ‚Äēhubo unos destellos verdosos y amarillentos‚Äē, y Mr. Cino se fue para siempre.

Parecía mentira, pero justo en el momento que el hombrecito se marchó, la mirada de Diana recuperó una lucidez robada. Ella era una chica nueva, una chica cambiada y despojada de sus males pecaminosos, avaros y codiciosos.

A partir de ese momento, Diana aprendió una lección de humildad como ninguna otra. Tratar bien a las personas sería su nuevo fundamento, especialmente a aquella chica con ojos de cristal que le salvó la vida. Pero principalmente, nunca olvidaría aquel ser mágico que casi se lleva su vida, nunca olvidaría la cara de la causalidad que la cambió: Mr. Cino.

FIN

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